lunes, 23 de julio de 2018
BÚSCANOS EN:
GENIO Y FIGURA

Nuestro mundo es del tamaño de nuestra mentalidad

Por Gaby Vargas

El mundo puede ser tan reducido como lo sean nuestra mentalidad y cultura. Esto lo comprobé una vez más cuando mi esposo me propuso ir a Uzbekistán. “¿A dóndeee?”, le pregunté extrañada, no tenía la menor idea de su existencia ni ubicación en el mapa (se encuentra en medio de Asia Central).

“Sí, claro”, le contesté de inmediato a sabiendas de su espíritu explorador; más honestamente, imaginé un lugar desértico y polvoso, con poco desarrollo, que no llamaba para nada mi atención.

Aterrizamos en la capital, la ciudad de Taskent. ¡Pum! Primer frentazo con mi incultura: es una ciudad moderna, tranquila, ordenada y muy verde.

Nuestra primera visita fue a la mezquita de Khazrati Imam, en Taskent, que alberga una de las versiones más antiguas del Corán. Se trata de un manuscrito decorado sobre hojas de piel de oveja. Este sitio rompió con todo lo que antes habíamos visto y la idea que teníamos de las construcciones islámicas. Fue un segundo golpe a la incultura: la sorpresa cuando crees que ya lo has visto todo.

Los colores que predominan en las sorprendentes mezquitas, las madrasas -escuelas para estudiar el Corán- y los caravansarays -los lugares donde se hospedaban los viajeros con sus animales mientras recorrían la ruta de la seda a lo largo del país- son el turquesa en todos sus tonos y el arena, ¡una verdadera belleza!

La razón del auge arquitectónico que tuvo ese país durante siglos se debe a que sus ciudades se localizaban en puntos claves y estratégicos, convenientes para los viajeros que transitaban la ruta de la seda y comerciaban productos entre Oriente y Occidente.

Ciudades como Bukhara, Samarkanda o Khiva eran, literalmente, oasis en el desierto, donde los viajeros encontraban hospedaje, restaurantes, baños turcos y parques para su descanso después de atravesar largos y áridos desiertos. Pero algo más me fascinó y despertó mi curiosidad...

Al visitar la mezquita de Bibi-Khanym en Samarkanda, escuché a un musulmán que llamaba al rezo mediante el canto, el cual hacía eco en la media cúpula exterior de la mezquita. Su pasión y devoción, así como su voz maravillosa, contagió a todos los presentes que lo admirábamos en silencio. Comencé a investigar un poco acerca de la filosofía del islam, la cual, por los hechos recientes de terrorismo en el mundo, asociaba con algo más bien violento y negativo. Tercer golpe a la incultura.

Si bien los usbekos practicantes del islam hoy en día no son muchos, debido a la invasión bolchevique de 70 años, durante los cuales el culto a cualquier religión estuvo prohibido, sus construcciones hablan por ellos de la devoción que en algún momento tuvieron. Y todavía algunos dirigen sus oraciones a Alá cinco veces al día.

Me conquistó la belleza geométrica del interior de las mezquitas para representar lo inexplicable que es Alá, el creador, el todo, que no tiene forma ni rostro, porque tales cosas serían una limitación a su grandeza y misterio. Sin embargo, el fervor y el detalle que se pueden admirar en cada minúsculo mosaico que cubre las bóvedas gigantes en su interior, te hacen sentir la presencia de Dios, logran hipnotizar al observador como si éste hubiera ingerido una sustancia con efectos psicodélicos, pues permiten ver la realidad del más allá.

Comprendí también que el islam es una religión de la que se habla mucho desde el desconocimiento, pues es mal comprendida o mal interpretada. Tanta belleza no puede provenir del mal...

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