miércoles, 18 de julio de 2018
BÚSCANOS EN:
BAÚL DE MANÍAS

Palabras

Por Ma. Cristina Álvarez-Astorga

G. F. Handel (1685-1759) vivió muchos años en Londres. Hasta agarró la ciudadanía británica, vaya. Componía muchas cosas, pero sus óperas, en especial, eran muy bien recibidas, hasta que un mal día, pácatelas, dejaron de estar de moda. El público, esa voluble fiera, dictaminó de pronto que el gran maestro estaba “out”. El eminente músico, de 56 años, se sintió entonces con la salud quebrantada, el orgullo maltrecho y el cerebro… también maltrecho (pero no tanto).

No era el primer susto que pasaba. Cuatro años antes había sufrido un derrame cerebral que le inhabilitó el uso de cuatro dedos de la mano derecha. De hecho, casi nadie esperaba que pudiera volver a tocar, pero se recuperó. Dicen que fue gracias a que pasó seis semanas en un balneario tomando largos baños calientes (y sabe dios qué otros remedios). Volvió a tocar el órgano y de ribete, al año cumplido de recuperarse, compuso Xerxes, una ópera en la que viene el aria más hermosa del mundo, “Ombra mai fu”. Escúchela aquí, con la prodigiosa Janet Baker: http://bit.ly/1a9l6xz.

Ah, bueno, pero estábamos en que Handel, a los 56 años, se sentía derrotado, hundido. Perdido, desconcertado, cansado de sí mismo, desconfiando de sus fuerzas, desconfiando de todo y de todos, quizá hasta de Dios. Vagaba por las calles de Londres hasta bien entrada la noche, pues de día esperaban los acreedores a la puerta de su casa. Una de aquellas noches, la del 21 de Agosto de 1741, decidió quedarse en casa. Subió a su cuarto, en donde esperaba ver de nuevo su mesa vacía de partituras, pero no fue eso lo que halló. En un ángulo de la mesa se veía un pequeño cuadro blanco. Era un sobre. Lo abrió y se encontró con una carta de su amigo (y colaborador) Charles Jennens. Le enviaba un nuevo libreto y “…esperaba que el gran genio de la música, el “phoenix musicae”, daría calor a sus palabras y las transportaría con sus alas por el éter de la inmortalidad”.

La primera reacción de Handel fue mandar al diablo carta y libreto. Suerte para nosotros que su segunda reacción fue darle chance. En la primera página leyó: “El Mesías”. “¡Lo que nos faltaba! ¡Otro Oratorio!”, pensó. Pudo más, sin embargo, su inquietud, así que volvió la hoja y comenzó a leer. Y aquí de plano voy a citar el relato que me condujo a escribir este Baúl. Se llama “La resurrección de Handel”. Forma parte de “Momentos estelares de la humanidad”, libro de pasajes de historia novelados, escrito por Stefan Zweig en 1927.

“Y desde la primera palabra se conmovió: “Comfort ye”, “Consolaos”, una palabra que era como un mágico encantamiento, como una respuesta divina a su corazón desfallecido. Y ya, apenas leídas, apenas captadas, las palabras del texto fueron oídas por Handel con música, remontándose en sonidos, cantando, expandiéndose en el éter. ¡Oh felicidad, las puertas se habían abierto! ¡Lo que él sentía, lo que él oía, se traducía de nuevo en música!

Con temblorosas manos fue pasando las hojas del manuscrito…”

Handel escribió la música del Mesías, en 23 días. Trabajó como loquito, del 22 de agosto al 14 de septiembre. Le salieron más de 50 piezas, a cual más de perfectas. Ahí están: http://bit.ly/1oEfOlS.

(“Comfort ye” comienza a los 7:37. La canta el tenor inglés Mark Padmore. Una belleza).
 

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