sábado, 22 de septiembre de 2018
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CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

Loving Vincent: Soy a Theo gracias a Gogh

Por Rael Salvador*

El arte es un juego misterioso. La única manera de ganarlo es rendirse, vencerse a uno mismo. Me zumba como un grillo de oro el comentario de Jan H. Weissenbruch a Vincent Van Gogh, cuando este último le pide apoyo: “La felicidad es animal: es buena para las vacas y los comerciantes -esgrime el amigo galerista-. Los artistas florecen en el dolor. Dios es misericordioso contigo si te da pobreza, disgustos y penas...” Lo de las vacas y los comerciantes es lindo, lo demás deja ver una exageración tacaña.

Acabo de complacerme con “Loving Vincent” (dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman), reciente trabajo filmográfico que 100 artistas realizaron -65 mil fotogramas pintados a mano- en homenaje al pelirrojo de Arlés (Holanda, 1853-Francia, 1890). Es una maravilla incuestionable, sostenida en el amarillo Krishna que reúne a todos los girasoles, donde el decoro de la ilustración imita, en su electricidad palpitante, el latido existencial de Van Gogh, a la vez que intenta resolver la trama de su muerte, poco cercana al suicidio y más allegada al crimen.

Aliados en la tinta y secuenciados por el trazo, visualmente “uno se embarca como en un tren hacia una estrella”, que es lo que profiere Antonin Artaud desde su tribuna psiquiátrica cuando alaba el legado de Vincent. Así, siguiendo la ruta del hijo postal de Joseph Roulin, Armand, la nobleza del film toma la apariencia de un territorio fantástico donde las cadencias de perspectivas se formalizan como un sistema que se va autocorrigiendo hasta lograr que la visión de enfoque quede revelada en la indagación de una verdad última...

El cartero llama dos veces. Primero desde el desdén, y ya alejado de los preámbulos, termina por tocar el corazón de una obra (900 pinturas y más de 1.600 dibujos), de un hombre (800 cartas) y de un artista (quien sólo se hizo asar la mano derecha y, aparte de lo anterior, no pasó de cortarse la oreja izquierda una sola vez). Si pinturas al óleo, fotograma a fotograma, dan vida y ofrecen narración al más afamado símbolo del arte moderno, la lúcida y por momentos atormentada figura de Vincent se vuelve tema para cuestionamientos de médicos forenses y biografías que, en los trigales de sus páginas, poblaron con cuervos de palabras especulaciones al final del XIX y que aún perviven en los siglos venideros.

La noche pétrea del mito es rota a pincelazos de luz y color, porque es de resaltar que la “locura” de Van Gogh -alimentada por los miles de disparates y oprobrios de los falsos críticos y galeristas diletantes, quienes se encargaron, como mucamas de la sevicia y sirvientas de la avaricia, de categorizar el vórtice exquisito de visiones del artista a la par que el desgaste de la razón y la pérdida de la cordura- resulta tan animada, al grado de ofrecer literalmente oído al silencio prostibulario del rechazo, y a eso le podemos llamar acto matérico, muy cercano a la vitalidad posimpresionista que se esculpe en su obra última, ya en plena crisis existencial.

De muy joven viajé en el tren de lo maravilloso con la biografía de Irving Stone, “El anhelo de vivir”, las “Cartas desde la locura” al hermano Theo -aún me gusta decir que “Soy a Theo gracias a Gogh”- y el imprescindible “Van Gogh: el suicidado de la sociedad”, de Antonin Artaud, tres obras que, en su magro número, fueron un respiro filosófico amigo, sin olvidar el sinfín monográfico de la editorial Taschen (que mucho agradezco a la profesora Rosa María Ortiz Orantes la consulta recurrente a su colección); poco después aparecería “Van Gogh. La vida”, de Steven Naifeh y Gregory White Smith (quienes obtuvieron el Pulitzer por su biografía de Jackson Pollock), reafirmando los estudios fenomenológicos de Karl Jaspers, análisis de documentos psiquiátricos que recrean su internación bajo la mirada del también pintado doctor Gachet, sin dejar de lado “Locos egregio”, curioso y versátil estudio de Juan Antonio Vallejo.

Ver ahora la elegía fílmica es traer de la memoria la belleza mística de la pintora alemana Mati Ransenberg, cuando narra de manera conmovedora su llegada, ya con cierta edad, al museo Van Gogh de Ámsterdam, y al observar la indecible irradiación de la obra de su Maestro, caer de rodillas e inundar su rostro en un dulce llanto irrefrenable, como si sus lágrimas nos anunciaran la beatitud de esta maravillosa hazaña plástica que es “Loving Vincent”.

raelart@hotmail.com

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