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No la pierdan

miércoles, 30 de octubre de 2013
El centro comercial Central Park, en San Antonio, Texas, monta gratuitamente La Feria del Trabajo: un día completo de actividades en las cuales participan ejecutivos desempleados. La mayoría ejecutivos desempleados en los últimos dos años debido a la contracción industrial provocada por la guerra económica entre los países industrializados. 
La Feria ofrece una variedad de seminarios, desde cómo reducir la ansiedad de los desempleados, aumentar su estima personal, facilitar la formulación de solicitudes de la manera más atractiva, hasta cómo vestirse para triunfar, guarderías infantiles y los pasos a seguir para iniciar un negocio propio. Propone opciones de empleo y contactos en las diferentes ramas de la industria y servicios profesionales y entrevistas con representantes de Centros de Capacitación.
En una de las mesas redondas del Seminario de Relaciones Humanas, se quejaba un ejecutivo de mediana edad recién desempleado de que no sabía cómo manejar la angustia de haber perdido el empleo: en medio de un sentimiento de impotencia e incredulidad, hubo de entregar las llaves del Mercedes -una de las muchas prestaciones de que disfrutaba- y recoger sus efectos personales. Una caja de cartón bastó para guardar lo que quedaba de 20 años de lealtad a la empresa. Claro, era bien remunerado: $100,000 DLL anuales. Sin embargo, el puesto exigía un insostenible status quo: relaciones, compromisos. Estaba endeudado. ¿Cómo regresar en taxi a casa, sin indemnización alguna y con sólo una cajita de cartón en las manos? ¿Cómo sobrevivir con el seguro de desempleo, $200 ó $300 DLL semanales? No podría sostener la educación de sus hijos, perdería su casa, las tarjetas de crédito, la membrecía en el Club, los amigos… ¿Y tal vez la nueva esposa?  Estaba francamente consternado.
Junto a él había tomado asiento un joven mexicano que deseaba colocarse en uno de los grandes consorcios estadounidenses. Mírate en mis zapatos, le decía, después de 20 años de servicio incondicional no hubo quién me hiciera una despedida, ni quién me ayudara a buscar la caja de cartón para recoger las fotografías de mis hijos. Ni siquiera me dijo el mozo que Dios te bendiga. Como si nadie me hubiera visto jamás. ¿Para qué te vienes? Allá en México cuando uno pierde el trabajo, cuando menos te dan indemnización, te despiden con pachanga, y los colegas se desviven por ofrecerte ayuda: "lo que necesites”, "en lo que te pueda yo servir”, "mi casa es tu casa”. Se habrá devaluado mucho la moneda, pero no la calidad humana. Y al fin de cuentas es lo más importante que existe en el mundo. No la pierdan, dijo al despedirse, no pierdan la calidad humana, repitió. El paisano, que lo escuchaba con atención le dijo que sí, que sí, pero siguió llenando la solicitud.
Comenta la economista Claudia Luna Palencia que en México, en las últimas dos décadas se le ha dado mucho más importancia a la macroeconomía, mientras la microeconomía sufre todos los ajustes en su diario quehacer; el núcleo de la familia y su evolución es espejo de cómo le ha impactado la economía con el paso del tiempo. En generaciones pasadas los padres de familia se dieron el lujo de tener una familia numerosa sostenida económicamente por el varón; podían acceder a vivienda y contar con una serie de satisfactores de vida gracias a la estabilidad económica a largo plazo. No había entonces sobresaltos ni devaluaciones abruptas. Muchas familias sostenidas por el oficio del padre o de la madre lograron dar a sus hijos una profesión a través de la educación pública. 
Hoy en México el panorama es totalmente distinto: estudiar en una universidad pública o privada no es garantía de acceso a un puesto laboral para un profesionista a pesar de estar altamente calificado. Aún con postgrado o doctorad y, a pesar de la ventaja comparativa, no es fácil  lograr ni la primera oportunidad. Conforme avanzan los meses o años y al no obtener un empleo, constata que su situación, como consecuencia de fuerzas sociales, económicas o políticas, es ajena a su voluntad y dominio. 
En Estados Unidos la exportación de empleos industriales y de servicios tecnológicos a China y Japón ha causado un creciente número de graduados que regresan a sus casas a vivir con sus padres porque no hay suficientes empleos que les permitan una existencia económica independiente. Y muchos de ellos son los "indignados” que hoy ocupan Wall Street. El mundo está al revés.

betrevino@prodigy.net.mx

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