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Ensenada, B.C.
Hace unos días, en el foro sobre jornaleros agrícolas que en San Quintín encabezó el postulado de las izquierdas de México a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, un grupo de mujeres oaxaqueñas presentó una radiografía de las condiciones en las cuales trabajan las féminas migrantes en los campos agrícolas de Baja California.
Primero, informaron que la población de la mujer jornalera agrícola en el valle de San Quintín alcanza hoy el 42 por ciento de la población total de trabajadores del campo, y que de cada cien de ellas, el 77 por ciento son menores de 29 años y el 28 por ciento no sabe leer ni escribir.
Como hace 40 años, tanto en el valle de Mexicali como en los de Guadalupe -en la famosa ruta del vino-, Maneadero y San Quintín, las jornaleras trabajan en condiciones extremas para alcanzar una forma de vida dignidad.
El trabajo que realizan es diverso y participan en toda la cadena productiva. En el caso del empaque su presencia es desde el 80 hasta el 100 por ciento. En la cosecha y la recolección de hortalizas, es de 91.9; en deshierbe, 78.5; en la siembra, 49.4; en la selección de productos, 40.1; en las labores de riego, 21.5; en la aplicación de agroquímicos, 18, y en la preparación del terreno agrícola, de 9.9 por ciento.
Las jornadas de trabajo en varios campos hortícolas son de 14 horas diarias. A cambio, reciben menos salario que los hombres. Esto en razón a su condición y posición de género.
Las ponentes hicieron énfasis en las consecuencias que en la salud provoca el amplio e indiscriminado uso de pesticidas, principalmente en forma de enfermedades degenerativas como el cáncer y la diabetes.
“Estos efectos a largo plazo son totalmente desconocidos. Simplemente no se percibe el daño que los pesticidas pueden ocasionar ya que estos problemas se tratan en las clínicas de salud únicamente como intoxicaciones”, apuntaron.
Respecto a los problemas específicos detectados concreta y documentalmente por las jornaleras, mencionaron las infecciones en la piel y el asma, así como enfermedades en las vías respiratorias -45 por ciento de los casos-, cutáneas -41 por ciento-, gastrointestinales -29,7-, picadura de animales -12- y accidentes -21 por ciento-.
Existen además varios casos de lupus (enfermedad reumática sistémica y crónica, es decir, además de afectar a las articulaciones y a los músculos, puede dañar la piel y casi todos los órganos), leucemia (cáncer de la sangre), cáncer de mama y cáncer cervicouterino.
Igualmente, las trabajadoras del campo padecen ceguera por el reflejo del plástico sobre los ojos, hemorragias tanto por la boca como por nariz, y una muy agresiva irritación de los ojos. Todo esto entre las mujeres que trabajan el cebollín.
“Aun cuando tanto hombres como mujeres trabajadores del campo enfrentan una vida de extrema pobreza -explicaron-, y condiciones laborales por debajo de lo establecido en la ley, es importante señalar que las mujeres jornaleras padecen una triple opresión: pobres, mujeres e indígenas”.
A ello hay que sumar que no sólo viven bajo condiciones de alta marginación social y económica, sino también de violencia de género que se expresa en violación u acoso sexual, secuestro, feminicidio, violencia domestica e institucional, privación ilegal de la libertad, despojo de hijos, explotación laboral, así como escaso o nulo acceso a la educación, a la justicia y a los programas sociales.
Una situación humana que urge modificar de manera radical.
Avernario: “Sobre una torre había una mujer de túnica blanca, peinándose la cabellera, que le llegaba a los pies. El peine desprendía sueños, con todos sus personajes: los sueños salían del pelo y se iban al aire” (Eduardo Galeano).
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