Para siempre

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Para siempre

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3.02.2012 - 12:00

Hadassa CenicerosHadassa Ceniceros
Nombre de la columna: 
Bajo Palabra
Columnista: 
Hadassa Ceniceros
Categoria: 
General

 

Ensenada, B.C.

Los tiempos modernos hacen, en ocasiones imposible de creer algunas historias de apenas pocas décadas. Fatalismo y exageraciones de antes serían ahora historias cotidianas.

Nohemí y Lisandro eran un par de jóvenes recién llegados a los dieciocho años, había en ellos un sentimiento intenso de cariño que era percibido por cualquiera que estuviese cerca. Las costumbres de la familia y su moral religiosa hacían que se condujeran con enorme control de sus expresiones afectivas en público, sin embargo, había una forma de estar cerca o de tomarse de las manos  bajo la mesa que bien podría parecerse a un acto de intimidad desaprobada.

Es curioso cómo quedan en la memoria ciertas imágenes y recuerdos y cómo aún sin comprenderse plenamente las emociones y afectos de los adultos quedan marcados en los menores.

A los ocho años Celia buscaba  a las “personitas” dentro de un enorme radio Zenith, descubría con cierta decepción que la parte trasera del mueble estaba vacía y las piezas cilíndricas con pequeños alambres dentro no contenían la explicación para que se escuchasen voces por la bocina. En ese tiempo también durante un paseo de varias familias consideró oportuno ver si  podía quitarle a Doña Lupe Meza un callo que le sobresalía de los dedos del pie, con unas pinzas que había encontrado. Tomó la herramienta y se colocó bajo el mantel de la mesa, mientras se deslizaba hacia los pies de la señora miró las manos de los jóvenes que se entrelazaban con fuerza sin que nadie los mirara, los vio y sintió que era algo privado y no debería de ver, prosiguió rumbo al  principal objetivo. La señora se quitaba los zapatos cuando se sentaba, quizá porque le lastimaba el dedo, eso facilitaría la tarea, llegó hasta el pie pinza en mano, la colocó alrededor de la callosidad y apretó, la mujer pegó un grito tremendo y ella asustada se sentó en medio de los jóvenes, la escena era entre divertida y preocupante, doña Lupe lloró, Celia fue reprendida con seriedad fingida, ella se disculpó, no lo encontraba divertido, no lo hacía por esa razón, tampoco buscaba lastimarla, quería realmente quitar esa protuberancia seca del  dedo de la vieja mujer.

Poco tiempo después se supo que Lisandro iría a vivir a Zacatecas y que nunca más volvería a la ciudad, Nohemí lloró mucho, todos lo comentaron, los padres de ella parecían aliviados. La niña no entendía ¿por qué alguien  tenía que ir a otra ciudad lejana y por qué tenía que ser “para siempre”?, esa expresión nunca le gustó. 

En el siguiente paseo, mientras todos disfrutaban del final de la comida, Nohemí sentada en un tronco alejada de los demás suspiraba y tomaba de la mano a Celia, quien seguía pensando en el callo de Doña Lupe.

Nada sucede dos veces

ni va a suceder, por eso

sin experiencia nacemos,

sin rutina moriremos.

(SzimborskaWislawa, Nada sucede dos veces)

 

hada.ceniceros@gmail.com

 

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