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Ensenada, B.C.
“¿Y tú, cómo ves ahora al país?” ¿Si a usted le hicieran hoy esa pregunta, qué contestaría? Con toda objetividad, sin ánimo de influir predeterminadamente en su respuesta, ¿cuál sería su respuesta? Y creo que dolorosamente, para todos, la respuesta no se presta a dudas (aún para quienes como nosotros vivimos en una de las cinco ciudades más seguras hoy del país): “Pues mal, muy mal?”
Y mal de múltiples maneras. Porque, por ejemplo, desde el punto de vista de un jubilado del ISSSTE, que cada ocho días va a su clínica en búsqueda de medicinas y recibe la respuesta de “No hay” y tiene que gastar cada semana $400.00 (otros compañeros gastan hasta mil) desde hace cinco meses, tiene necesariamente que decir “Sí, el país está mal” O qué puede decir un padre de familia, que un día en la noche –aquí, en Ensenada— tuvo que salir a buscar a su hijo a un antro de la Ruiz y allí se enteró de los cientos de jóvenes, hombres y mujeres, menores de edad que consumen --visiblemente sin ninguna restricción- alcohol y entre bambalinas otras muchas sustancias tóxicas, sin que nadie, nadie absolutamente los moleste. “El país, sabe, está del carajo”.
Y si uno, desde su terruño visualiza a través de la tele, el radio o internet en dónde está parado, sabe que en enero hubo más de 900 muertes (y que van 60,000 en el sexenio) asociadas al crimen organizado y de la manera en que se sigue incrementando el robo de vehículos en todo el país y de la hambruna entre los tarahumaras y de cómo sigue aumentando imparable la pobreza y de la manera tan cínica e ilegal con que se manejan las campañas políticas (los 25,000 mil de Veracruz a Peña Nieto y de la compra de votos de consejeros panistas para Cordero) y de cómo México se ha erigido como el segundo país que a nivel mundial “lava” dinero sucio y, y, y… Sería interminable darse cuenta de cómo este país es hoy un país terriblemente descompuesto, haciendo así válido aquel principio que reza: “Lo que mal comienza, mal acaba”, refiriéndose uno a la manera en que, en 2006, este país arrancó a partir del fraude y de allí ya no se recuperó.
Pero, ¿de quién es la culpa. ¿Será acaso, como lo escribe Luciano Bianciardi en su novela La vida agria de “La política (que), como todos saben, desde hace tiempo ha dejado de ser la ciencia del buen gobierno y se ha convertido en el arte de la conquista y la conservación del poder (…) la bondad de un hombre político no se mide en relación con el bien que hace a los demás, sino sobre la base de la rapidez con que llega a la cima y el tiempo que allí se mantiene”. ¿Será eso suficiente para explicar el deterioro del país, o en ello acaso no tendrá que ver la apatía y valemadrismo de los ciudadanos?
Si no contestamos esa pregunta en las elecciones de este año, el país en el futuro se regodeará en el lodo de la corrupción y el desánimo social, ¿verdad?
* Profesor jubilado y miembro de Democracia Popular
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