miércoles, 19 de septiembre de 2018
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Mandar un telegrama en el siglo XXI

A pesar de las nuevas tecnologías, así como el correo tradicional, el telegrama aún es utilizado para enviar dinero a otros Estados y mensajes; se resiste a desaparecer

Mandar un telegrama en el siglo XXI

Telegrama enviado y recibido en la recepción de El Vigía.

Mandar un telegrama en el siglo XXI

Marcos Gómez Palacios. Trabajador de Telégrafos de México desde hace 33 años. En diciembre obtendrá su jubilación.

Mandar un telegrama en el siglo XXI

Para hacer cualquier envío a través de telegrama, se requiere de 23 pesos y unos 40 minutos para hacer el trámite.

Mandar un telegrama en el siglo XXI

Para hacer el envío se tiene que llenar un formato que ahí mismo entregan.

Para hacer el envío se tiene que llenar un formato que ahí mismo entregan.

Benjamín Pacheco/EL VIGÍA
bpacheco@elvigia.net | Ensenada, B. C.

Afectado por la prosa de El amor en los tiempos del cólera, decidí comprobar si todavía se podían enviar telegramas en pleno siglo XXI.

Acudí a las oficinas de Telégrafos de México, galerón de maderas viejas, cristales empañados y dos sillitas públicas que nadie utiliza.

Los pisos percudidos añoran las multitudes de otra época, se les nota en el cuchicheo del eco. Apenas un par de empleados detrás del mostrador.

La frase común “el tiempo está detenido” le queda corto al lugar: más bien está apachurrado, ablandado, derretido, casi por jubilarse.

Miré por una ventana: el progreso tampoco es una fiesta, me dijeron las calles apenas bacheadas, el río atragantado de plástico.

Aquí, la gente acude a enviar dinero, el lenguaje universal del papel moneda, sin embargo un anuncio me dio esperanza: “Sorprende con un telegrama a tus seres queridos”. Corazones, diseño fácil.

Enviando texto
Los teclados finales del telegrafista, confirmando cifras y direcciones, me regresaron al lugar.

Un caballero de botas y sombrero, terminó de realizar su trámite. Lo imaginé cabalgando por la ensenada, confiado en que llegaría su misiva a alguna familia distante por la guerra y las fronteras.

Me acerqué.

-¿Todavía mandan telegramas?

-Sí- afirmó el veterano telegrafista. Hace tiempo había cortado la flor de la mediana edad, diría Mario Vargas Llosa.

-¿Cuánto cuesta o cómo? -insistí, al tiempo que me imaginaba dictando el gran discurso, noticias relevantes, advertencias necesarias de comunicar de pueblo a pueblo.

-Ah ¿quiere enviar uno?- respondió.

Sin empacho, me pasó por la ventanilla un formato siglo XX. Es cierto porque en un apartado dice “19___”. Miré la hoja: había que llenar campos y campos de datos.

-Escríbalo allá, para atender a la gente-, según pidió el funcionario, pues la hilera había crecido a tres personas y técnicamente estaba entorpeciendo el servicio federal. No me dio pluma. Supuse que habían agotado la dotación otorgada el siglo pasado.

Mensaje a compañera
Agarré los pliegues y me acomodé en la barra, al lado de la sillita herida de soledad. Miré la tinta: fantasmal. Los rectángulos para acomodar la información eran fronteras caídas. Como destinatario para esta prueba, dirigí el telegrama a una compañera del periódico, pues al estar en recepción sería más fácil comprobar la llegada. Después, llené como pude los datos que suelen ignorarse al mandar un mensaje de texto vía celular: nombre completo, dirección precisa y el siempre olvidado código postal. Igual para el remitente. Una llamada me distrajo de estas labores.

-Hola, Benjitas. ¿Qué estás haciendo? -preguntó una amiga.

-Estoy mandando un telegrama.

-Ah ¿usando Telegram (aplicación para celular)?

-No, un telegrama-telegrama.

-Jajaja ¿y eso?

-Luego te cuento.

Al llegar a la parte de “Texto”, repasé con cuidado las palabras para inmortalizar el momento. Al final me decidí por lo que hubiera enviado por WhatsApp, pues finalmente era una prueba.

“¿Hay mensajes pendientes?, ¿Qué vas a comer?”, escribí.

De regreso a la fila
Luego, otra vez a la fila. El dinero seguía moviéndose, ahora en forma de una señora y su hijo adolescente. Fui atendido. El funcionario dudó sobre el código postal y pidió ayuda a un compañero.

-Ah, es aquí cerca -notó, pues la distancia de la oficina con respecto al periódico es de apenas cinco cuadras. Después tecleó y tecleó aquel concierto burocrático. Confirmé datos y me llegó la cuenta.

-Son 23 pesos- afirmó, mientras yo guardaba mis monedas, pues en mi ingenuidad pensé que me cobrarían por palabra.

-¿Cómo cobran? ¿No es por palabra?

-No, es lo que quiera. Es el mismo precio.

-Ah, mientras quepa en el recuadro.

-Sí-, dijo y siguió con sus labores. Me arrepentí de no haberle puesto un soneto, nada más por el placer de verlo teclear a diestra y siniestra, mientas intentaba descifrar mi desfigurada letra. Siguieron impresiones, copias, sellos y mucho papel. Un ambientalista se hubiera asqueado.

Después de 40 minutos terminó aquel proceso. Fue a las 12:43.

-¿A qué hora llega?- pregunté divertido, imaginando que quizás serían un par de horas.

-Mañana en la mañana-, aseveró sin pena.

Agradecí y abandoné el edificio. Me olvidé.

Respuesta sorprendente
Hoy (ayer) por la mañana, mientas leía las noticias nacionales, me llegó un mensaje al WhatsApp: mi compañera, toda emocionada, confirmaba la llegada del telegrama. En resumen, tardó casi un día. Siete palabras embodegadas y después metidas en un sobre. Nos reímos bastante.

Así que ya saben: si desean enviar un telegrama, llévense 23 pesos y destinen por lo menos 40 minutos de su tiempo.

Valdrá la pena y será una agradable sorpresa enviar, y recibir, un telegrama en pleno siglo XXI.

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