martes, 23 de enero de 2018
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Poemas

Por Adán Echeverría*


Pájaro reloj
(Eumomota superciliosa)
Azulados colores entre los ramajes del cenote.
Cuelga péndulos el pájaro reloj. Marca la hora justa en que los animales llegan a beber la respiración.
Guardián de agua, rememora, en el plumaje, el líquido sentir de la humedad. Esta piedra húmeda, este cenote.
Caricia lluviosa, canto y ritmo del cortejo en que desciende los péndulos oscilantes, y estira el cuello para picotear a los fantasmas de la fauna.

Pecarí de collar
(Pecari tajacu)
De ellos nadie se queja. Se perciben lejanos y acuden, desde los pastos, a profanar la carne. Afilan colmillos sin quitar la vista a los felinos que sacuden sus bigotes en el deseo de sobreponer las dentelladas. El pecarí los mira y el miedo dibuja su rostro en las pupilas atigradas.
Ásperos en su pelaje, negro, gris, blanco; cuello de perlas apestosas. Sólo el pecarí sabe su furia. La mirada perdida, y el castañar de su quijada detrás de la sombra de los árboles maduros. Esa veloz carrera inicial hacia la confusión del predador.
— Mírate. Tu luz radiando la sombra de los mangles. Olvidada sombra de fango. Transparencia del lodazal perenne. La frescura y el sol cabizbajo.

Son la rueda del día, doloroso astro que sangra lamentos al quemar pieles.
Basta de ser y de pensar en la humildad de los olores, el almizcle cercando el nicho.
Su estúpido cuerpo es agria sensación en la mordida, colmillos que renacen.
La fama de omnívoro no es coincidencia. No ataca el cuello ni regresa por despojos.
Lo que asombra es su sentimiento de carne, su perezosa sensación sesuda en ese palpitar de glándula con que marca el territorio de la angustia, sobre la ruda corteza de los arbustos, deja su huella de olores. El misterio de sus crías cafés con el dorso pintado de negro, extraña en la memoria del viento.
¿Porqué esperar la formación del lodo, porqué no cavar entre los montes?
¿y el agua? regando las siluetas,  las pezuñas, el árbol escondido.



Mapache
(Procyon lotor)
Camuflajeados ojos ostentan los mapaches.
No hay que ser sabios para saber qué esconden: 
la voluntad del hurto, el defender las presas y su sinceridad de agua.
Entre frutas asimilan frustraciones. 
Sentirse carnívoros y no poder mancharse los bigotes.
Con sigiloso paso, el mapache atraviesa la oscuridad 
y entre las huellas, deja el sentir del ansia, la garganta agónica de sangre.



Tejón
(Nasua narica)
Se cuelgan de las ramas de los huanos
brincan la cola por los chicozapotes.
Siempre prestos a recibir disgustos
los tejones salen en procesión por alimento.
Nada los detiene en su avanzar de ejército.
Suben las ramas más altas para hacer el nido.
Juegan a volverse aves y carecen de plumas.
Equilibristas finos
circulan por la copa de los mangles
atravesando milpas
con la sombra reflejada en la laguna.


Escritor y poeta. 

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