viernes, 23 de febrero de 2018
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El Cañón de Doña Petra

Por Marta Aragón* 

La primera vez que fui al Cañón de Doña Petra fue por 1955 o 1956, no lo recuerdo bien. Fue en un paseo al campo que fuimos de la escuela. Nos fuimos a pie y la pasamos muy bien. Entonces no sabía que se trataba de este lugar tan conocido en Ensenada. 
Recuerdo las piedras, los encinares, los arbustos y la carretera inconclusa que iría a Tecate o al Valle de Guadalupe. La segunda vez, fui como en 1958 por el tramo de carretera construida en terracería que terminaba unos tres kilómetros delante de donde terminaba la calle Ruiz. Volví a ir en 1963 cuando mi papá compró el Rancho de los Murillo que se encontraba asentado al fondo del cañón y colindando con el Rancho Madrigal que estaba situado más al fondo, pegado a los cerros y poblado de espesos encinos.
Desde esa fecha fui muchas veces al cañón de Doña Petra, recorrí muchas veces las vereditas que lo cruzaban, hasta que en 1994 se perdió el rancho por reveses económicos.
Mi primer contacto directo con el cañón fue con el rancho de Juan Murillo. Allí había una  fila de higueras muy viejas y sarmentosas que en el verano se llenaban de higos negros muy dulces, unas casitas muy antiguas hechas de adobe y el resto de una huerta de frutales que ya no producían nada. De allí salían unos caminitos, bordeados de cerros, que nos encantaba recorrer porque tenían un aire misterioso, ya que allí proliferaban los cipreses que daban al ambiente un aroma resinoso.
Pero antes de seguir por estas veredas corría el cauce seco de un arroyuelo que se llenaba de aguas cristalinas en los años llovedores. Este cauce estaba bordeado por un bosque que ahora sé se llama ripario. 
Era como una bóveda alta hecha por las frondas de enormes encinos y esbeltos alisos de troncos blanquecinos y hojas palmeadas que se volvían doradas a finales del otoño. En el centro de aquella techumbre de ramas verdes y espesas, brotaba un pequeño aguaje que proporcionaba agua a los que vivían en las casitas. 
Aprendí a reconocer a muchas plantas de las que sólo sé el nombre común, siendo las más llamativas los encinos y los alisos que son árboles de gran tamaño, de los que los encinos son los más productivos ya que producen grandes cantidades de bellotas de las que los nativos preparaban una bebida conocida como atol de bellota, a’al swi para los kiliwa, y cuyas hojas son perenes pues siempre están verdes, de un verde oscuro.
Los alisos en cambio pierden la  hoja y sólo resalta su tronco claro en medio de las oscuras frondas del encino.

Ya no es el mismo 
Durante el mes de diciembre, caminar bajo estas frondas, es muy agradable, ya que el suelo cruje por las hojas secas que tapizan el suelo en donde a veces, pueden encontrarse diversas variedades de hongos e insectos. 
Junto a estos árboles hay una gran variedad de arbustos entre las que sobresale el fusique que es de hojas alargadas y en diciembre produce unas frutillas rojas muy llamativas porque tienen un aire muy navideño.
Dentro de las plantas que recuerdo y que en algún momento pude reconocer, se encuentra el trompo, la crucesilla, el brasilillo, la islaya, el ciprés, una variedad de pino nativa, el lentisco, el sauco y el saladito. También había una gran cantidad de flores silvestres como la amapola de california, la amapola blanca y una de color lila más tardía para florecer; los cocomites que son una especie de lirios pequeñitos, algunas clases de margaritas, una especie de ciclamen silvestre y otras flores cuyos nombres desconozco, no así la mostaza y rábanos silvestres. También había musgos y líquenes, escasos, pero los había. 
En cuanto a  los animales había lagartijas, víboras de cascabel, culebras toperas, ranas, sapos, camaleones y una especie de coralillo blanco con negro. Había conejos, liebres, ardillas, zorrillos, zorras, gatos monteses. De aves, había codornices, pájaros belloteros, gorriones, colibríes, lechuzas, tecolotes, gavilanes y cuervos; en los veranos anidaban algunas golondrinas. Palabras más, palabras menos. Esto es lo que yo recuerdo que había y por supuesto, no podía faltar y menos cerca de mí, una leyenda de un tesoro enterrado (Tengo un cuento de esto, que mucho me gustará compartirles en alguna otra entrega).
Hace unos días fui para allá, al cerrar este año 2017, por supuesto no sabía por dónde andaba, porque las aguas residuales cambiaron la fisonomía del Cañón en su parte inicial, que ahora es muy espeso, pero con alisos negros y densos por la contaminación y la plaga.
Ignoro la leyenda exacta del origen del nombre del Cañón. Alguien debe saberlo, pero yo lo ignoro, lo más lógico es que haya vivido allí alguien llamado Doña Petra. Recuerdo las ruinas de una casa de adobe a la orilla del camino. Lloré cuando vi aquello cubierto de casas, el crecimiento desordenado de la ciudad que decidió no proteger esa belleza natural.
La prístina belleza se ha perdido, pero nadie puede detener el avance, yo sólo guardo el recuerdo de ese lugar cuando estaba en un estado más natural que el actual, y mucho quisiera, como ensenadense, que pudieran mantenerlo para las generaciones futuras.

*Escritora y grabadora.
 

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