Columnas

Andanzas antropológicas: Welcome to Baja California

jueves, 23 de abril de 2015 · 00:00
Por: Ling. Ana Daniela Leyva González*
 
 
Vine a Baja California a redescubrir mi profesión. Recuerdo el día que tomé mi primer vuelo a la ciudad de Tijuana, en realidad fue una noche, era el vuelo MXA479, en el sonido metálico de la sala de espera, la dulce voz de la aerolínea señaló la inminente partida del vuelo indicando la puerta de embarque; decidí abordar hasta el final. Mientras escuchaba a los pasajeros de ese vuelo nocturno no pude dejar de notar las distintas lenguas que hablaban, tal vez ese observar con los oídos sea una manía de la profesión a la que elegí dedicarme desde hace muchos años: la lingüística. Claramente escuché hablar inglés a una pareja de estadounidenses, turistas extranjeros ya que su color de piel y su forma de vestir los evidenciaba. También pasaron frente a mí jaliscienses incómodos por el horario del vuelo hablando con su característico acento tapatío. Mientras continuaba con mi hábito de escuchar las conversaciones ajenas -también adquirido por la profesión- me fui sorprendiendo un poco, empecé a escuchar familias cuya apariencia era absolutamente mexicana pero que se comunicaban con sus hijos en inglés, con sus padres en español y con sus parejas o hermanos en ambas. Mi sorpresa iba aumentando cuando me percaté que una madre le hablaba a su hija pequeña en una lengua indígena, lengua que no logré identificar y me generó esa frustración inventada, también, por mi profesión. Cuando avanzaba por ese túnel que tienen los aeropuertos para llegar a la puerta del avión no pude evitar pensar que me dirigía a la dimensión del norte desconocido del que muchos lingüistas habían hablado, de ese norte donde se habla espanglish, donde el inglés y el español confluyen y se fusionan creando una lengua nueva, donde guachear, parquearse y llevarle una soda a la jaina es tan cotidiano. Ahí noté que volaba hacia un estado con una diversidad lingüística abundante, un estado donde coexisten lenguas tan diferentes como el japonés y el paipai; un estado donde los apellidos rusos siguen vigentes aunque su lengua se fue dejando de usar, sin embargo quedan rasgos de ella, porque según me platica Tania, su babushka hablaba con ella en ruso y sus nietas le dicen babushka a ella. Al llegar a Ensenada, al segundo día de ese viaje –que no ha terminado- a este norte, me fui sorprendiendo más y más; cualquiera de ustedes, queridos lectores, podrían igual que yo asombrarse al hacer un recorrido por la calle Primera, escuchando lo que la gente habla, y estoy segura que percibirán sonidos que jamás habían notado; descubrirán que en un café están hablando en italiano y en el siguiente en armenio y más adelante en iraní. El inglés pasa casi desapercibido cuando la Primera se llena de turistas, pero si atienden con el oído se fascinarán con el sonido de lenguas indígenas diversas, náhuatl de Guerrero; mixteco alto, bajo, de Guerrero y Oaxaca; triqui de Oaxaca; zapoteco, y ya si tienen mucha suerte, lograrán incluso escuchar alguna lengua nativa como el kumiay o el paipai. Sigo cada día sorprendiéndome como aquella noche al aprender alguna palabra nueva del español de estas tierras, o descubriendo la diversidad lingüística en la que cohabitamos. Sin embargo, algo que me desconcierta es que no todos se percatan de ella, así que los invito a explorar con los oídos este hermoso puerto en el que vivimos y conversamos.

*Profesora-investigadora del Centro INAH Baja California

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