BAJO PALABRA

Yo también

Por Hadassa Ceniceros
viernes, 3 de noviembre de 2017 · 00:00

Parecería moda, de un corto tiempo acá el candado de vergüenza y temor se ha abierto para dejar salir las palabras, las denuncias de asedio, abuso y agresión padecidas desde niñas.

Mi generación creció en un tiempo en que no se hablaba de sexo, llegamos a la vida conyugal jóvenes e ignorantes. Pero antes de eso, vivimos experiencias que solamente el tiempo y la información han permitido ubicarlas como acoso y abuso. Menciono la vida conyugal porque en algunos casos el esposo ayuda a explicar y prevenir a la mujer sobre riesgos y peligros a los que se era (y es) susceptible. Aunque también están los casos en los que el mismo esposo abusa y violenta a la mujer dentro de su vida cotidiana.

A la distancia vamos reconociendo ciertas conductas misóginas unas, abusivas otras: el pariente que te abraza de niña y pasa su mano varias veces sobre tu pecho de púber, el abuelo o tío abuelo que te besa en la boca siendo adolescente, el pariente político o primo que te saca a bailar para abrazarte y frotar su cuerpo contra el tuyo y muchos etcéteras.

Las referencias de compañeros de escuela o trabajo referentes al cuerpo de mujeres y culminar con quien “esta buena” o lo contrario.

Recuerda uno en conversaciones confidenciales la indignación, el asco unido al temor por no encontrar cómo evitar la cercanía de ciertos sujetos. Lo que se dice casi como slogan que son los hombres más cercanos quienes abusan de las niñas y jovencitas de la familia es una absoluta verdad. Esa es la causa principal del silencio unido a esta experiencia.

Escucha uno las conversaciones de la abuela o la tía, a veces de la misma madre, afirmando que cuando zutana o perengana confiesan el asedio de tiempo atrás, si no se quejó fue porque, con seguridad, “le gustaba, o quizá lo provocaba”. Se elige entonces no decir nada y en el mejor de los casos poner distancia y evitar la cercanía de tales personas.

Pueden pasar décadas, pero esos actos, no se olvidan jamás, ha habido mujeres ancianas que en su lecho de muerte mencionan con rabia al causante de un abuso.

Admiro, saludo y reconozco a las mujeres que se atreven a denunciar las vejaciones padecidas y señalan al abusador.

Las menciones y ejemplos citados son en parte la suma de conversaciones con familiares y amigas, subrayo “en parte”.

La liberación de esta carga sólo se libera alzando la voz.

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