DESDE HOLANDA

Estrés aéreo

Por Dianeth Pérez Arreola
miércoles, 05 de diciembre de 2018 · 00:00

Cuando una vuela sola con dos niñas espera que todo vaya bien, sobre todo porque es un recorrido que dura 24 horas de principio a fin.

Mi esposo nos dejó en el aeropuerto de Amsterdam con dos horas de anticipación, documentamos, pasamos aduana y fuimos a que desayunaran a su lugar de comida rápida favorito. Mi tarjeta de débito no pasó por la máquina, algo que ya me había pasado un par de veces, porque el chip se desgasta y no se registra. En fin, me salvó el único billete que traía encima.

Abordamos el primer vuelo y un técnico pasó mucho tiempo checando algo en las salidas de emergencia. A la media hora el piloto anunció que había problemas técnicos y que estaban tratando de solucionarlos. Un mensaje nada tranquilizador en un vuelo trasatlántico.

Total, que salimos más de una hora tarde de Amsterdam. Llegamos a Chicago y todo estaba nevado, para cuando nos bajamos del avión, faltaban veinte minutos para la hora de empezar a abordar el segundo vuelo.

Corrimos como locas adelantando gente en camino a la aduana. Ya que llegamos a la fila, había que pasar a unas máquinas a escanear los pasaportes y tomar una foto. Después a otra fila más larga para ser atendidos por un agente. Le dije a la encargada que teníamos que tomar un vuelo inmediatamente y accedió a movernos a una fila más rápida.

Pasamos rápido el trámite, luego a correr por las maletas para ponerlas en la otra banda. Para entonces faltaban unos quince minutos para que saliera nuestro vuelo y la encargada de las maletas nos dijo pronto para dónde correr, y noté que ponían nuestras maletas aparte, pensando que dado lo corto del tiempo para despegar, las llevarían al avión de una manera más rápida.

El aeropuerto es enorme y había que tomar un tren para moverse dentro de las cinco terminales con que cuenta Chicago. Entre esperar el tren y bajar en la estación que buscábamos, ya era la hora programada para despegar. Les dije a mis hijas que perderíamos el avión. La pequeña comenzó a llorar.

Al llegar a la terminal, oh sorpresa, otro filtro de seguridad. Mi computadora requirió ser sometida a un control extra de seguridad y me dí cuenta que estábamos frente a la sala donde nos correspondía abordar, así que envíe a mi hija mayor a ver las pantallas mientras me ponía los zapatos y me devolvían la computadora. Regresó con lágrimas en los ojos: “dice cerrado”.

Por fin me dieron mis cosas, vi que las puertas estaban cerradas pero que el avión seguía ahí y un grupo de empleadas de la aerolínea estaba en una esquina platicando. Me acerqué y pregunté: ¿hay alguna posibilidad que nos podamos subir a este avión? Cuando una dijo que sí, casi la abrazo y le di las gracias como veinte veces. Subimos. Al llegar a San Diego, la última sorpresa del día: las maletas no llegaron. Era lo de menos esperar cuatro horas por ellas. Ya nos sentíamos en casa.
 

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