DESDE LA BANQUETA

La cabra azul está perdida en el monte

Por Sergio Garín
jueves, 8 de febrero de 2018 · 00:00
Lo grave no es que el ex presidente Fox diga más tonterías hoy que antes por lambiscón, sino que fue lo primero que hizo en cuanto abrió la boca al recibir la banda presidencial. El derrumbe de Fox como promotor de un cambio profundo en el Estado mexicano, y no sólo un recambio de partido político, empezó con la primera palabra de su discurso al tomar posesión: “Hola”. Por saludar en primer término a sus hijos y no al Congreso, se buscó una enemistad gratuita. Fue la marca del sexenio.

El presidente Fox jamás entendió el cambio que se esperaba de él. No era solamente sacar al PRI de la Presidencia, lo cual consiguió con la suma del hartazgo nacional por 70 años de lo mismo y su indudable carisma. Pero luego no vio más: no desmanteló las columnas del PRI, como el sindicalismo corporativo; no transformó las relaciones del Estado con las viejas clientelas priistas; no instauró el imperio de la ley, por el contrario, llevó la discrecionalidad priista a extremos jamás vistos, hasta despeñarnos en “las tribus con sus lanzas”, profecía de Castillo Peraza, el único pensador sólido que ha tenido el PAN. Fox, quiso conquistar a la izquierda reviviendo al muerto Marcos, y no con un obús contra la cláusula de exclusión, esa cadena en poder de cada charro sindical. Por la cláusula de exclusión la empresa se compromete a despedir un trabajador sin más motivo que su expulsión del sindicato. Así acabaron con toda disidencia. Fox la dejó intacta. Calderón no cambió nada, al contrario le dio total control de la educación básica del país a la rancia “maestra” y líder sindical. Peña sí lo pudo hacer.

Con Fox, el régimen del cambio siguió, sin cambio alguno, la tradición corporativa. Resultado: petroleros, ambulantes, taxistas, mineros, maestros convertidos en fuerzas de choque al servicio de forajidos como Napoleón Gómez; el peor nivel educativo premiado con un hotel en Huatulco, los “lingotes de oro” del Pemexgate perdidos entre disparates y dicharachos.

Quiso aplicar el conjuro priista: hágase esto, hágase lo otro, sin pensar que ya no era un presidente imperial, que precisamente él había terminado con eso, y que tenía frente a sí un Congreso enfurecido con trivialidades.

La última: el viaje a Vietnam, con Oaxaca ardiendo y ocho bombas en la capital de la República, más escala en Australia, inexplicable hasta que el país se enteró de que allí vive su hija Paulina y estaba a punto de parir. No se puede imaginar mayor frivolidad en un Presidente a pocos días de entregar su mandato en las peores condiciones. Y otra más, de nuevo en la más pura línea del PRI, es su intento por conseguirle a su secretario particular la embajada en Canadá... cuando el PAN argumentó con razón durante decenios que el servicio exterior debía ser profesional y no refugio de políticos a quienes se desea castigar con un exilio en Managua o premiar con una buena chamba en Roma.

Los objetivos de las bombas no fueron los propios de organizaciones guerrilleras. Éstas asaltan bancos para comprarse armas, no simplemente los destruyen. Pero López Obrador lanzaba acusaciones diarias contra todos: contra los banqueros en primer lugar. ¿El Tribunal Federal Electoral también? Por supuesto que sí. Es el Tribunal quien acabó certificando la derrota de López Obrador. ¿Y Sanborn’s? Una bomba que no estalló por errores en su hechura no fue puesta en una transnacional, en un símbolo del imperialismo, sino en dominios de Carlos Slim, hoy en la lista de los traidores del peje y cuidado porque ahí vienen.

Sólo tenemos de dos sopas los mexicanos si no queremos pasar por ingenuos: La cabra azul que tira al monte, y el ex comunista de elección pasada, hoy en Morena antes PT, antes PRD antes PRI… al control estatal. AMLO quiere crear una vez más el estado-papá con pago ciudadano en muy cómodas mensualidades de libertad personal y social. Que dios nos agarre confesados si no encontramos a tiempo a la cabra azul perdida en el monte.

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