ALGO MÁS QUE PALABRAS

Con el pulso del corazón

Por Víctor Corcoba Herrero*
martes, 20 de marzo de 2018 · 00:00

Tenemos que aprender a crear imágenes esperanzadoras a nuestro alrededor. El mundo necesita embellecerse y retornar a lo auténtico, que es donde en verdad radica la bondad. Hay muchos parlanchines, demasiados diría yo, dispuestos a dejarnos sin corazón, a imbuirnos por los sufrimientos, puesto que cada vez se recolectan más necedades en procesos democráticos. Deberíamos, pues, retornar más a nuestro interior para poder discernir lo engañoso de lo verdaderamente verídico.

Ante este panorama desolador, muchos desfallecen en el camino. Es una lástima. Ojalá aprendamos a sintonizar con las diversas cuerdas del corazón, que realmente son las que nos armonizan la vida. Por eso, es fundamental activar nuevas vías de expresión que permitan, aparte de reafirmar identidades, transmitir valores con originales lenguajes verdaderamente ciertos. La persistente contaminación a través de un lenguaje engañoso nos está dejando sin tiempo para pensar, y esto es grave, máxime en este momento en que vamos de falsedad en falsedad, que es justo lo que desean los que codician insaciables el poder, a través de la tenencia del dinero, para poder robarnos hasta la libertad de ser uno mismo. Dostoyevski, precisamente, dejo escrito algo memorable al respecto, que no me resisto a transcribir: “Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás.

Es cuestión de dejarnos interpelar por esa voz íntima, que nos insta a vernos a la luz de las níveas metáforas, sumando miradas en la misma dirección, y viéndose uno mismo entre ellas. ¿Qué es el camino, sino una manera de sentirse? Sin los sentimientos nada sería lo que es, hasta el punto de que –como dijo el escritor español Francisco de Quevedo (1580-1645), “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”. Y así es, el manantial existencial nuestro no es otro más que nuestro específico pulso de vida. Cada cual tiene la edad de sus emociones.

A un gran corazón nada se le resiste, ninguna ingratitud lo cansa, nadie lo detiene. Tratemos de ver con el frenesí de nuestras propias entretelas. Seguramente, entonces, nos atreveremos a compartir el sufrimiento de nuestros análogos, reconociendo de este modo que con nuestra contribución es como el mundo puede cambiar. Sinceramente, todos podemos aportar algo en ese cambio, concertando y conviniendo, que la realidad no puede estar sumisa a don dinero, sino al celeste verso y al verbo humano para recuperar su innata armonía, a la que hemos de regresar por siempre.

* Escritor

corcoba@telefonica.net

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