DESDE LA BANQUETA

De lo sublime a lo ridículo

Por Sergio Garín
jueves, 22 de marzo de 2018 · 00:00

Necesitamos curación de alcohólico: Primer paso; la aceptación de que tenemos problemas personales en genética humana. Vemos a los seres humanos cantar y bailar, componer poemas de gran belleza, inventar los instrumentos musicales más melodiosos y combinarlos en arreglos que producen éxtasis... y luego van y se matan. El tesón y la inteligencia que les sirve para desarrollar hermosas voces, habilidades técnicas y artísticas en los límites del cuerpo, para enviar satélites a levantar mapas topográficos de Marte y escudriñar los confines del átomo, un buen día les sirven igualmente para aniquilarse entre sí con los métodos más sofisticados: bombas guiadas por luz de color tan puro que no existe en el universo sino por creación humana, aviones que superan la velocidad del sonido en sus misiones bélicas, computadoras que realizan millones de operaciones por segundo para calcular de manera precisa la destrucción más eficaz. ¿Por qué? Hoy que suenan tambores de guerra de Trump campeón de nuestra especie primate de los machos alfa que enseñan los dientes y pegan con las manos contra el suelo, viene a cuento la pregunta.

La respuesta es bien sabida: porque el cerebro humano evolucionó como una cebolla. Esto significa que dentro de nosotros, en lo más profundo de una cabeza augusta que atisba los confines del universo, sigue vivo el receloso cerebro del reptil que una vez fuimos: atento y vigilante a lanzar la orden de embestir que fulmine al agresor o a la presa. Allí está, glacial, impasible, calculando los movimientos ajenos.

Al cerebro del reptil lo recubre una capa de células que poseemos en común con todos los mamíferos: es el cerebro que cuida a sus crías pero es feroz con las ajenas; es quien dicta que seamos una especie territorial, como lo son perros y lobos, tigres y leones. Por este cerebro el león lame a sus cachorros y devora los de otro león. Es el cerebro que inventó el juego, el retozo, que no son sino el ensayo de la cacería futura. Lo tenemos íntegro, completo, con las mismas funciones que desempeñó hace 50 millones de años.

Tenemos también el cerebro primate, el que establece rangos y jerarquías por medio de signos y símbolos, el que hace sociedades y las corona con un jefe, jefe que dura hasta que otro lo mata, hoy nosotros simplemente los quitamos o los metemos al bote por cualquier cosa. El cerebro primate inventó las herramientas, como se observa en los monos que emplean varas para atrapar termitas y comerlas, piedras para romper nueces duras. ¿Es irremediable? No, de ninguna manera lo es. Pero, al igual que la persona que no se acepta alcohólica o irascible, lo peor que podemos hacer es negar que las distintas capas de cebolla que conforman nuestro cerebro están allí, vivas y pidiendo su pastura. Conocer el problema es la primera parte de la solución. Cuidado con los súbitos ataques de ira, es cuando el receloso cerebro de reptil se quiere hacer presente. Las joyas de la corona son las campañas políticas con mensajes que no hablan a lo mejor de ti sino a tu cerebro de primate que exige un jefe nuevo que elimine a los otros que piensan diferente. Allí está Trump como ejemplo viviente de lo que hablo.
 

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