BAJO PALABRA

Las amigas (II)

Por Hadassa Ceniceros
viernes, 9 de marzo de 2018 · 00:00

Se llamaba Itzuri, como la abuela consideró que no parecía un nombre cristiano le agregó María, más bien lo antepuso y así la nombró siempre, qué Itzuri ni qué nada, se llama María.

Hija del director del coro municipal, quien alguna vez vivió en Bremen, Alemania, becado por la Escuela de Música de Jalisco.

Recién se establecían en la ciudad. En tiempos de formalidad del “usted”, medias y zapatillas, ella usaba vestidos de manta con bordados de colores, sandalias de cuero y de repente llevaba sus libros en un morral tejido, lleno de colores, bello.

Seria, parecía tímida, no lo era. Sus participaciones en clase de Sociología o Historia, revelaban la formación sólida en cuestiones de política y lo que deriva de ella.

No había tenido novio a pesar de sus dieciocho años, ni siquiera le habían tomado de la mano, confesaba en conversaciones femeninas una vez roto el escudo con que primero llegó.

Gregoria, muchacha de Sonora, ranchera, de voz gruesa y volumen alto al reír y al conversar se acercó a ella e iniciaron una amistad de escuela. Solamente convivían ahí. Itzuri comentaba su experiencia en otras escuelas de bachillerato y comparaba el nivel académico y el comportamiento de maestros y alumnos.

El fin cursos separó a todos los alumnos. Cada uno se dedicó hacia la carrera universitaria de su elección. Gregoria regresó a su tierra a trabajar y cuidar de sus viejos padres. Dejó para otro tiempo la continuación de sus estudios. No supo más de ninguno de sus compañeros.

Al paso de muchos años utilizando las redes sociales, Gregoria encontró el nombre de María Itzuri García Quevedo, era una publicación sobre plantas medicinales y las propiedades de la semilla de durazno. Gregoria supo que era su antigua compañera de bachillerato y se propuso encontrarla, Gregoria era Trabajadora Social y seguía en el mismo rancho de su familia, los padres habían muerto y ella tenía dos hijos. Consiguió después de varios intentos, comunicarse con Itzuri. La ex compañera contestó con mucho gusto el saludo. Se pusieron al corriente en sus respectivas vidas. Al parecer la anterior tímida amiga era hoy cantante de ópera en un coro importante. Tenía una hija autista dependiente totalmente de su madre. Había vivido en Europa, también hacía fotografía. Le contó a Gregoria que había tenido una vida intensa en el ámbito artístico con estancias largas en otros países.

Gregoria buscó la oportunidad de viajar a Guadalajara. No dio aviso a nadie de su visita; ella y su marido se hospedaron en el viejo centro de la ciudad. Caminaron por acá y por allá, recordando tiempos estudiantiles. Entraron después de un rato bajo el candente sol de la ciudad, a un restaurante Sanborns a tomar una bebida refrescante. Mientras descansaban escucharon a un dueto que cantaba afuera, la canción era Desvelo de Amor, una melodía que les traía recuerdos gratos de tiempo atrás. Después de una hora salieron para buscar un taxi, resguardados por la sombra de un escaparate una pareja cantaba con ayuda de un aparato de sonido, la mujer tocaba una guitarra, tenía algún mal en un ojo, no miraba, el hombre sentado ajustaba el sonido a la vez que cantaba. Gregoria se quedó mirando a los cantantes, parada enfrente de ellos no dijo nada. Alcanzó a su marido que le adelantaba unos pasos y le dijo en voz baja, es Itzuri mi compañera de preparatoria.

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