DÍA DEL SEÑOR

XXII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo B

Por Padre Carlos Poma Henestrosa
sábado, 01 de septiembre de 2018 · 00:00

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí” (Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23)

El evangelio de hoy, ante el reclamo de unos Escribas y Fariseos, el Señor les responde algo fuerte: “¡Qué bien profetizó de ustedes Isaías! ¡Hipócritas! Cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí... Ustedes dejan de un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

Efectivamente los Escribas y Fariseos, no habían cumplido lo que Moisés, por orden de Dios, había instruido: no quitar ni agregar nada a la Ley. Y por eso habían puesto cargas tan pesadas que ni ellos mismos cumplían. Y cada vez que le reclamaban a Jesús el incumplimiento de estas cargas absurdas, con gran severidad les iba derrumbando todos los legalismos y anexos que habían ido agregando a la Ley de Dios.

En otra oportunidad fue Jesús mismo quien se sentó a la mesa, precisamente en casa de un Fariseo, sin la rigurosa purificación exigida. Al reclamarle el anfitrión, Jesús no se midió en su respuesta, ni siquiera por ser el invitado: “Eso son ustedes, fariseos. Purifican el exterior de copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. Según ustedes, basta dar limosna sin reformar lo interior y todo está limpio”.

Por eso Jesús les insiste en este Evangelio que lo importante no es lo exterior sino lo interior. Lo importante no son los detalles que se habían inventado, sino el corazón del hombre. Es hipocresía lavarse muy bien las manos y tener el corazón lleno de vicios y malos deseos. Es hipocresía aparentar por fuera y estar podrido por dentro. Lo que hay que purificar es el interior, lo que el ser humano lleva por dentro: en su pensamiento, en sus deseos. Los pecados brotan del interior, no del exterior.

Por eso, para corregir el legalismo absurdo, dice Jesús: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”. Son todas cosas que nos ensucian y que debemos expulsar de nuestro interior para no estar manchados.

Los fariseos saben no sólo que los discípulos comen sin lavarse las manos, sino que cinco mil hombres comieron sin lavarse las manos y les preocupa más la ligera falta legal contra una minuciosa orden eclesiástica que el hambre de cinco mil hombres.

Los fariseos de todos los tiempos, buscando el cumplimiento de la tradición humana, poniendo en ello la perfección, lo que buscan es defenderse de Dios, que está sobre toda ley y que por ser amor no puede encerrarse en una ley, que por ser amor exige mucho más que toda ley, porque lo que exige ahora y siempre es el corazón y el corazón no tiene límites. El que ama nunca puede decir que con esto ha cumplido.

Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón. No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que tenemos que pensar y Dios dirá de nosotros lo que Jesús dejo dicho: “Benditos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Que Cristo presente en nuestras vidas, no ayude a ser siempre auténticos, los bendiga hoy, proteja y acompañe siempre.

cpomah@yahoo.com

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