BAJO PALABRA

Ya no somos los mismos

Por Hadassa Ceniceros
viernes, 07 de septiembre de 2018 · 00:00

Salimos una mañana cálida de Bilbao. La ciudad repartida entre montes, con sus calles apretadas, estrechas, empedradas. La vista hacia el mar a lo lejos se nubla por el calor y la distancia.

La ciudad es bella con sus edificios altos, de balcones floridos asomados a alguna plaza o fuente.

Apenas hemos llegado hace pocos días, hemos caminado entre edificios y paseado bajo su sombra.

Los bares ofreciendo un poco de frescura con el clima artificial se llenan con los visitantes de todas partes del mundo. Comemos unas tapas con vino y cerveza, son bocadillos en rebanadas de pan con jamón o queso o algún otro ingrediente con mucho sabor.

El tiempo pasa, las horas se forman una tras otra en el reloj, se vive de tarde y de noche.

Los escaparates de tiendas pequeñas alineadas, ofrecen su mercancía llena de colores. Entramos a una librería de viejo, hay colecciones de clásicos, libros en diferentes estados de cuidado, novelitas de un euro y al comprar alguna cantidad te regalan dos más.

El calor es intenso, por el rostro corre sudor como pocas veces o como nunca antes.

Caminar entre la gente perdida la identidad, mezclada entre tantos me traslado a otros tiempos. La sensación de estreno en ciudad nueva la revivo, la sorpresa ante cosas bellas me remonta a momentos viejos cuando la alegría de un paseo era solamente mirar. Ahora casi es lo mismo. El gusto es el mismo. No busco comprar sólo quiero ver.

Alguna vez mis pasos anduvieron por calles parecidas, era otro país, otro clima y yo, aunque no lo parezca, era otra.

Veo campos de girasoles, hace tiempo miré tulipanes, la emoción era la misma, la belleza conmueve no importa la edad. Entonces había lluvia, hacía frío, ahora el calor es intenso.

Por el camino se miran campos de cultivo, fértiles, bellos.

Pienso ahora en aquellos días, cuando la poesía no se había convertido aún en palabras en mi pluma, recuerdo los campos de flores cuando cultivar las flores con caras y nombres de niños estaban en mi jardín familiar, y ahora con todos encargados de sus propios cultivos me veo alejada de aquella joven.

Entre tulipanes y girasoles en la memoria la vida continúa, la palabra se ha convertido en amiga, no siempre llega en forma de poemas, pero siempre acompaña los instantes de mi existencia.

Los poemas de otros, de muchos, me acompañan, me conmueven y emocionan sin lágrimas, no aprendí a llorar. Mi cuerpo derrama su llanto en dolores en los huesos, en latidos apurados en mi pecho. Dice Neruda que “… los de entonces, ya no somos los mismos” yo estoy segura de eso.

hada5.ceniceros@gmail.com

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