DESDE HOLANDA

El regreso

Por Dianeth Pérez Arreola
miércoles, 9 de enero de 2019 · 00:00

Tras tres días de jet lag, guardar la decoración navideña y deshacer maletas, hemos vuelto a la rutina y al frío. Los días son lluviosos y grises, pero las fiestas y recuerdos de lo vivido en diciembre nos calentarán el corazón hasta la llegada de la primavera, que es espectacular en Holanda.

El experimento de inscribir a mis hijas en una escuela en México por dos semanas y media fue un éxito. Aunque al principio las cosas no fueron fáciles, ya al final de la primera semana ya estaban totalmente integradas. Hasta participaron bailando y cantando en el festival navideño.

Iba a inscribirlas en una escuela pública, pero entonces empezaron a preguntar si tendrían esto o aquello, como en su escuela. Decidí que debería meterlas a una escuela lo más parecida a la suya. Si la diferencia era muy grande tal vez ya no querrían volver, ni hablar de mudarse permanentemente a México. Además las escuelas públicas estatales se la pasaron en paro por falta de pago a los maestros jubilados, así que sólo hubieran ido a la escuela unos cuántos días.

El último día de clases pasaron a mi hija mayor al frente de su salón para que platicara acerca de cómo era su escuela en Holanda. Dijo que no llevaban uniforme, que no había tiendita pues cada quien llevaba lonche, que cada alumno tenía una tableta para trabajar y que hacían más cosas divertidas que en México, “no sólo trabajar, trabajar y trabajar”.

Es verdad que aquí los niños hacen cosas divertidas. Entre una y otra materia, hacen alguna manualidad, juegan a algo todos juntos o simplemente les dan unos minutos de tiempo libre para leer o platicar. El programa educativo en México está tan lleno que no hay tiempo para que los niños se despejen.

Hoy que fue su primer día de escuela la pusieron a hacer lo mismo en Holanda. Seguro les llamó la atención lo de la tiendita -eso sí, no vendían comida chatarra ni refrescos-, y que el inglés es más intensivo que aquí.

Por la mañana vi a la directora y le agradecí su apoyo para lograr el permiso para irnos un mes a México. Le dije que les había preguntado a las niñas el último día de clases si les gustaría repetir el experimento y volver a la escuela mexicana en diciembre, y que dijeron que sí, muy entusiasmadas.

“Oh, no sé si sea posible que la inspección escolar otorgue otro permiso”, me dijo para frenar mi entusiasmo. “Si las niñas van a mudarse permanentemente a México en año y medio, lo mejor para ellas sería que pasaran otro periodo allá y la adaptación sería más fácil”, contesté rápidamente para que viera que no estaba dispuesta a ceder en mis intenciones.

Puso cara de estar pensando qué contestarme. “Ya veremos después del verano” le dije a manera de despedida y de tregua, pues ella no tiene la culpa de no saber que cuando a una madre mexicana se le mete algo entre ceja y ceja, no hay poder humano que la detenga.

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