Amador…del deporte.

Bueno como sencillo…mejor como doble

Por MAO
sábado, 9 de febrero de 2019 · 00:00

Cuando vi por primera vez aquel ventanal, me quede impactado. No sé si la órbita ocular tenía la misma abertura que mi boca. Hasta ese momento no conocía Disneylandia o al mítico Jack Murphy Stadium como para sentir que estaba rozando el Nirvana infantil.

Me gustaba de niño pasar por ese bulevar, por sus calles aledañas, por las casas ahí construidas; me recordaban calles de la ciudad angelina, la de California, del otro lado del cerco. ¿Quién vivía ahí?

Para mí, que empezaba a practicar un deporte, soñaba por lo menos que un día recibiese uno como esos trofeos que se asomaban por esa ventana, despidiendo al sol que se ocultaba, allá en el horizonte, allá donde el mar y el cielo parece que se unen.

Al tiempo, el misterio fue develado: familia de abolengo, de apellido respetable, de trayectoria reconocida. Conocí pues el origen de esos reconocimientos, de esos galardones, de esas conquistas.

Había uno, entre tantos ahí alineados, que me llamaba siempre la atención: uno en forma de copa, colocado en medio de la fila, como si los demás tuviesen que admirar su grandeza. Supe de su deporte, de su pasión, de su entrega, de su profesionalismo, de su ciudad natal.

Un deporte donde, por momentos, dependía solo de él, mientras que en otras ocasiones, llevaba a un fiel cómplice, para la obtención de un título.

La segunda mitad de los setentas fue el Cénit de su carrera, al ser considerado, en una de las modalidades de su deporte, como el número uno del mundo, además de hacer vibrar a nuestro país y cimbrar al vecino, al llevarnos de su mano (o de su raqueta, como guste) a victorias apoteósicas en el máximo certamen por países dentro de este deporte.

No tengo el gusto de conocerlo, creo que ni de lejos lo he visto, pero sé que ama a su ciudad y eso habla bien de su persona.

¿Del ventanal? Bueno, la verdad es que desconozco en qué momento desaparecieron los trofeos de esa hermosa vitrina, sí, la que está ubicada en Bucaneros 100; tal vez estén al interior de esa casa, en una de sus repisas, al fin son tantos, quizás estén decorando su otro hogar, ese hogar que empezó a cimentar a la entrada de la década de los ochentas, ese inmueble que sabía que no entraría solo por sus puertas.

Que al entrar a sus aposentos y dirigirse a sus trofeos, y aún a aquel en forma de copa, les diría solemnemente: “He aquí la máxima de mis conquistas”.

Porque el tenista fue sencillo, pero el ser humano, el esposo y padre de familia, lo hace doblemente mas grande.

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