INDICADOR POLÍTICO

100-D: trampa de expectativas, curva de aprendizaje-experiencia y sistema

Por Carlos Ramírez
lunes, 11 de marzo de 2019 · 00:00

Los primeros cien días como periodo de análisis sirve sólo para fijar las nuevas coordenadas de un Gobierno que plantea un punto de quiebre. El liderazgo de López Obrador, la 4ª Transformación y el nuevo eje sistémico han fijado en el escenario sexenal las posibilidades y limitaciones para los próximos seis-doce-dieciocho años políticos.

Los cinco puntos importantes para evaluar los 100-D del gobierno de López Obrador son los siguientes:

1.- La trampa de las expectativas. A lo largo de sus treinta años como disidente en pos de la presidencia, López Obrador construyó una respuesta-madre utilizable para todas las demandas: sí a todo. Una vez en el poder, el recorte de plazas, la disminución salarial, la sustitución de servicio civil por morenistas, el reacomodo de programas sociales para sus aliados y su continuidad populista del neoliberalismo han provocado decepciones entre los que votaron por él y han perdido, los que esperaban una reactivación de las esperanzas y los que no encontraron un nuevo pensamiento político-económico-social. Al final, las expectativas suelen dirimir sus conflictos en las urnas, no en las encuestas.

2.- La curva del aprendizaje es el tiempo en que los nuevos funcionarios pueden entender el funcionamiento del sistema/régimen/Estado que sólo vieron desde la oposición o en el que los viejos funcionarios reciclados comprenden las nuevas dinámicas de los consensos sociales. Los tiempos políticos de esta curva son cortos por el efecto social de las políticas de gobierno y exigen que los nuevos y viejos funcionarios aprendan el funcionamiento de las instituciones vis a vis las expectativas sociales. A diferencia de los procesos productivos, la curva de aprendizaje no repite sino que obliga a entender la lógica social del conflicto porque cada problema es particular.

3.- La curva política de la experiencia también difiere de los procesos productivos porque no se trata de encontrar el ritmo de producción en cadena con trabajadores que operan como máquinas, sino de responder a exigencias diferenciadas. Y esta curva se basa en el planteamiento claro de las ofertas de gobierno vis a vis las demandas sociales para evitar que la inexperiencia de los funcionarios derive en conflictos sociales en momentos actuales de tensión y desequilibrios que se agitan en expresiones de acción directa.

4.- El partido-sistema. La clave secreta de la hegemonía del PRI durante 89 años --de la fundación del Partido Nacional Revolucionario a la victoria de Morena-- estuvo en la configuración del PRI como el sistema político en cuyo seno el presidente de la república distribuía los valores y beneficios políticos, sociales y de poder. En el modelo de sistema de David Easton (1953), el sistema era una caja negra dentro de la cual se repartía el poder y se resolvían los problemas. El PRI funcionó como sistema hasta 1968 y durante 50 años fue capeando los conflictos y las nuevas demandas y grupos. Morena viene a sustituir al PRI, pero hasta ahora el partido-movimiento de López Obrador no es el nuevo sistema y todo indica que no lo será. El partido-sistema garantizó la estabilidad política y por tanto social. Morena es apenas una Torre de Babel de pedacería de personas y grupos políticos, con un presidente de la república que gobierna en solitario y sin su partido. Trasladar el sistema del partido dominante a la presidencia de la república sólo va a inutilizar el poder de la presidencia y no resolverá las inestabilidades sociales y políticas.

5.- Sin un partido como factor estabilizador de contradicciones, luchas y conflictos, entonces la presidencia de la república asumiría esa función y dejaría las labores institucionales de un sistema institucional de pesos y contrapesos para convertirse en una presidencia caudillista. El gobierno lopezobradorista no funciona porque todo se centra en la figura personal y liderazgo individual de López Obrador como caudillo, igual que Juárez, Díaz, Carranza, Obregón, Calles y Cárdenas y caudillismos institucionales en Echeverría y López Portillo. El caudillismo toma el modelo Weber del liderazgo personal y vive y muere con la figura del caudillo. El PRI creó el caudillismo de partido y sobrevivió por reglas de continuidad institucional; como Zedillo no pudo poner un sucesor a modo y prefirió entregar el poder al PAN. Y Peña Nieto impuso un sucesor a modo, pero el priismo y el electorado ya se habían dispersado. El lopezobradorismo vivirá con López Obrador: o se reelige o se va con el caudillo, dice la lógica de las contradicciones del poder personal. Y si Morena se reproduce como partido-sistema tipo PRI, su permanencia será corta porque el lopezobradorismo no ha construido una circulación de sus élites como lo hizo el PRI durante 47 años, del PNR a la candidatura no priista de López Portillo.

Detrás de la retórica exaltadora de los caudillos-héroes se encuentra la necia dialéctica de la realidad.

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