CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

Ensenada, ciudad en agonía

Por Rael Salvador
viernes, 15 de marzo de 2019 · 00:00
Profundos, crueles, expansivos, traición a la vista de todos, a tal grado de obscenidad expuesta –hasta cierto punto risible, por trágico que parezca–, el paisaje lunar de bajo presupuesto que ofrecen las calles de Ensenada es similar al de una ciudad bombardeada por la viruela: supurante, carcomida, cacariza…

Y que, después de las lluvias, agravada, ofrece lo que resulta ser su mejor imagen: pústulas gangrenadas de un preso disminuido a latigazos, humillado en sus propios surcos y deshechos.

¿Cómo se ha llegado a lo anterior? ¿Perdimos la brújula a la par de la ineficiencia administrativa? ¿Nos tomó el pelo el Gobierno del Estado y dejó que nuestra perra suerte nos mordiera? ¿Fuimos víctimas de una paraestatal, CESPE, que sólo se aplicó a la servidumbre de cubrir agujeros en lo político, olvidándose hasta de los suyos?

Ensenada, fea y grisácea, la Carnavalera del Pacífico; puerto que devoró, piedra a piedra, el cerro “El Mirador”, para hacer de él una fácil cuesta para los oleajes, un “rampaolas”. Arquitectos al servicio de la destrucción, ya que es más fácil destruir una casa que levantarla.

Reina en esta ciudad, en la “Bella Cenicienta”, un ambiente de insolencia existencial, seguido de un horizonte urbano de locales vacíos: desolación, depredación y desesperación que ya ninguno renta o que ya nadie compra.

La muerte, el crimen, el accidente y el absurdo inoculan la piel de los días y, ebria, la locura toma la noche.

Silenciada, la ciudad de Ensenada agoniza.

Inamovible, el rebaño de ladrillo se extingue.
El odio y la envidia, la vileza y el cinismo son fuerzas que ya no sostienen el techo de la desesperanza y todo se viene abajo.

Los sufrimientos invitan a la fuga religiosa.

La tragedia impone su remanso de oraciones.
La desgracia realiza un rosario de lamentable desasosiego.

A veces el Paraíso aparece sólo como el parpadeo de una luz de neón verde.

Y, como una foca destazada a las faldas de cerro, entre el mar y el cielo el animal terrestre que no puede volar.

Como las balas, la miseria igual pone estos muertos.

De una manera poco impactante, más lenta y, a veces, menos dolorosa, la desesperanza y la pobreza matan.

Los microbuses, la asfixia y la tortura también lo hacen.

Los cadáveres, sin cabeza, cuelgan como piñatas de los puentes, los practicantes del suicidio también; las decapitaciones y los cercenados aparecen a kilómetros de distancia o al día o las semanas siguientes, igual en una pista de “disco” o en una pista clandestina, ya bajo la fiesta de las luces, ya devoradas por las fauces de los perros o de las ratas.

Los que han tenido un poco más de suerte, desaparecen en la cal o el ácido (así ahorran horror a los parientes, a la vez que contraen una deuda metafísica: no tener la certeza de su ultimación).

Así, este escenario posee su catálogo de la Nota Roja, que es el termómetro más certero de estos tiempos de oscurantismo, cremación, secuestro, mutilación, idiotez, desaparición y crimen.

Ensenada es un lugar frente al mar, como alguna vez lo fue el Orán del Dr. Rieux: atrapados y sin salida, fácil la Solución Final.

Quien lo dijo en verdad, emborronándolo en “La peste”, fue Albert Camus: “Por algún tiempo al menos, serían felices. Ahora sabían que si existe algo que se puede desear siempre y obtener sólo a veces, es la ternura humana”.

raelart@hotmail.com

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