LA CARROCA

Cenizas

Por Soraya Valencia Mayoral*
sábado, 2 de marzo de 2019 · 00:00

Ya estamos en carnaval y según el pronóstico, como cada año, de la lluvia no nos escapamos. Esta vez se recorrió la fecha gracias a la luna. La pascua de resurrección de celebra el domingo más cercano a la primera luna llena de primavera. O sea que siempre será posterior al veintiuno de marzo y la semana santa inevitablemente estará iluminada por doña Selene. Así que la pascua cristiana determina las semanas de la cuaresma, la fecha del miércoles de ceniza y el carnaval.

Los tiempos del universo religioso siguen funcionando en la organización de la vida. Y como hay tiempo para todo, ahora es tiempo de fiesta, de jolgorio y diversión, porque también es un derecho la fiesta, el tener espacios abiertos para toda la comunidad para que salgan de la rutina y dificultades de lo ordinario. Después vendrá la ceniza para los católicos y volverán a lo de cada día, muchos desvelados y con aliento de dragón pero bien tiznados.

La ceniza es un signo de la finitud a través de la cual se hace un llamado a la conversión. Se dice que la función de las religiones históricas es sacar a flote la bondad de las personas. Buscar la veta, explotarla para humanizarnos y humanizar el mundo. Cualquier discurso o acto amparado en lo religioso que pierda de vista este principio será mera ideología, discurso de poder o flatus vocis. Sacar la bondad y traducirla en actos, gestos, además de palabras, eso es lo que llaman conversión. Por eso cuando nos enteramos de los horrores que están saliendo a la luz en una institución milenaria como la Iglesia Católica no deja uno de preguntarse por qué algunos, muchos, perdieron el rumbo y perdieron a otros.

Y la respuesta está en el poder que se esconde tras cada abuso sexual. Y el horror mayor está en las víctimas a quienes marcaron para toda la vida. Me refiero a los sobrevivientes porque no todos pudieron con la carga. Así que los mea culpa, el usted disculpe, le hice jirones la existencia, no sirven de nada mientras no se haga justicia.

Por otra parte, no se puede reducir este mal a la categoría de pecado porque según esta visión de la persona, todos somos pecadores. También es un delito y mientras no se asuma como tal el encubrimiento continuará. Tampoco es una justificación alegar que el abuso sexual es un mal social -que sí lo es- y por lo tanto la Iglesia no está exenta. Mire usted, los de a pie, los sacramentalizados, caminamos por radar y aún así hacemos milagros. No es el caso del clero: jornadas vocacionales, preseminarios, seminario menor o noviciado, acompañamiento espiritual personal, retiros, ejercicios espirituales, estudios superiores y una lista larga que detalla la cuidada formación permanente. No hay excusa. Lo que han hecho y seguramente siguen haciendo ni fue consejo del diablo, menos ignorancia. Es poder e impunidad. El caso del cardenal Pell pudiera ser una señal alentadora. Vale.

*La autora es mujer de letras sacras y profanas

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