DE NIÑOS Y OTROS ENREDOS

Bichos raros

Por Dr. Enrique Sicardi Aragón*
jueves, 28 de marzo de 2019 · 00:00

¡No porque la mayoría lo hace, está bien hecho!

Hace unos días una pareja con su hijo de 18 meses, el cual aún toma leche materna, con excelentes hábitos alimentarios y óptimo desarrollo neuromuscular, me comentan que nunca le han dado otra leche, no come dulces, galletas ni cualquiera otra chatarra, no va a guardería y dentro de su círculo de amistades y familiares son criticados y presionados para que cambien su postura ante lo que le permiten o no a su retoño. Es tanta la presión que me preguntan si están bien o qué tienen que modificar.

Hemos sido, como sociedad, bombardeados, hostigados, presionados y “educados” por los medios de publicidad en relación a que dichos productos no son nocivos para la alimentación y durante décadas hemos sido troquelados en que los dulces y golosinas son “buenas y agradables” para los niños.

Infinidad de pediatras y médicos que atienden niños, ofrecen la popular “paletita” al terminar la consulta y cuando no la otorgas, los padres o los abuelos preguntan por ella. Todos los consensos de alimentación, nacionales y mundiales, muy claramente dictan: Ningún azúcar añadido en los dos primeros años de la vida y posteriormente, entre menos se les dé, es mejor.

Los carbohidratos son el principal elemento energético del cuerpo, el cual debe ser obtenido en forma natural de las frutas y harinas. Hasta antes del siglo XVIII, el consumo per cápita de sacarosa (azúcar de caña) era de cero gramos y en el actual siglo XXI, es de 2 kg por mes. Recordemos que muchos de los productos comerciales (jugos, bebidas, galletas, jarabes, etcétera) están adicionados con “alta fructuosa” un producto más nocivo que la misma sacarosa y del cual se cree es el principal causante de esta epidemia de obesidad que, gracias a las tolerantes regulaciones legales en México, ostentamos el 2º lugar en obesidad del adulto y 1º en obesidad infantil.

Este lunes pasado, en un foro sobre adicciones, una senadora señalaba a las galletas “oreo” como el producto más adictivo y no es el más, son todos esos productos con altísimo aporte de calorías vacías (vacías porque no sirven para nada) que son igual de adictivas. Ya se ha documentado en múltiples estudios que el azúcar es más adictiva que la cocaína, qué mejor ejemplo de cómo se ha ido incrementando su consumo de cero hasta 24 kg por año y vamos en aumento, pero ahora, con alta fructuosa, ya que es muchísimo más barata su producción, aunque sea más dañina.

Hace unas semanas, al estar preparado una fiesta infantil en un famoso centro de brincos, se nos ofreció el paquete y solicitamos que nos quitaran las sodas para poder llevar agua fresca y natural. El contrato prohíbe introducir otros productos que no sean proporcionados por la empresa.

Hace varios años, ofrecimos una fiesta infantil y los centros de mesa fueron a base frutas y verduras, el líquido en vitroleras con aguas frescas. La inmensa mayoría de los adultos preguntó por la ausencia de frituras y preguntaron ¿qué van a tomar los niños? Excuso decirles que los pequeños arrasaron con lo que ahí se ofreció, las vitroleras quedaron vacías e inclusive los adultos le empacaron a los pepinos, jícama y demás productos frescos y naturales, claro con su dosis de chilito en polvo, habría que irlos desacostumbrando poco a poco.

Baste observar la salida de cualquiera fiesta infantil y veremos a esos peques salir con sendas bolsas de dulces y en la noche estar como trompos chilladores dando vueltas y negados a dormir, gracias a las cantidades exorbitantes de azúcares y colorantes ingeridos.

Como sociedad y cultura nos hemos “acostumbrado” y muy mal, al grado que aquellos padres que actúan con congruencia y cuidando la alimentación de sus hijos, son criticados y vistos como bichos raros.

Muy probablemente mis ojitos no verán cambios generales en la alimentación, pero me conformo orientando y apoyando en mi consulta diaria a esos padres que sí están conscientes y ven aquí y ahora el futuro impostergable en sus hijos.

*El autor es médico pediatra
sicardi53@gmail.com

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