DESDE HOLANDA

Amor y distancia

Por Dianeth Pérez Arreola
miércoles, 24 de abril de 2019 · 00:00
Me tocó conocer la historia de una chica universitaria mexicana que quisiera venirse a Europa a probar suerte en el amor. Eso me ha puesto a pensar en la plática que tendré que tener con mis hijas cuando estén pensando en tomar una decisión drástica que afecte su futuro, su estabilidad y sus oportunidades.

¿Volverías a tomar la decisión de venirte a Holanda si pudieras retroceder en el tiempo? Me preguntó hace poco mi amiga Gaby. Después de pensarlo un poco, dije que sí, aunque haría varias cosas de manera diferente.

Mi amiga y yo coincidimos en que ninguna mujer debería lanzarse de lleno al amor sin haber vivido al menos unos años trabajando en lo que le apasiona. Esos años son los que nos hacen seguras de nosotras mismas, es el único tiempo donde disfrutamos y disponemos como queremos de nuestro dinero. Saber que somos capaces de valernos por nosotras mismas y que no tenemos que depender de nadie es algo que solo se aprende viviéndolo.

Lanzarse a la aventura cegadas por el amor romántico en cuanto terminan la carrera o peor aún, sin terminarla, hace muy difícil que se pueda analizar con buen criterio los pros y los contras puestos en la balanza. Las puertas que se pueden abrir y las que elegimos dejar cerradas. Me imagino, y tal vez sin razón, que quien no ha ganado nunca su propio dinero será más susceptible de aguantar más situaciones que no le gusten al ser totalmente dependiente de su pareja.

Al decidir irse por amor a otro país se deja a la familia y a los amigos. Tal vez también algunas comodidades como un carro o una casa grande. Aunque hay historias de éxito y de gente que se integra al área de su profesión y le va muy bien, hay también muchas historias de profesionistas que tardan años en encontrar un trabajo decente o de plano trabajan en lo que haya. Y a eso hay que agregarle aprender el idioma y los años que toma dominarlo, los duros requisitos para obtener una visa y lo caro que son algunos documentos, como por ejemplo aquí la licencia de conducir.

Yo, que me considero optimista, siempre digo que hay que imaginarse el peor escenario posible y a partir de ahí, empezar a hacer consideraciones y tener planes B, C y D listos. ¿Qué es lo peor que podría pasar? En el caso de la chica con la que empiezo esta columna, que venga a Europa y la relación no funcione. Si no estuvieran casados, la cosa se resuelve empacando y tomando un avión de regreso, pero México no es tan progresista ni la familia de la muchacha tan abierta, así que si solo sale de México casada, la situación se complica. También hay que considerar por supuesto que cada cabeza es un mundo y que amor, familia y trabajo son prioridades con un orden diferente para cada mujer.

Ayer veíamos la película Hotel Transilvania con nuestras hijas y la mayor dijo, “mira, la muchacha se queda con el primero que conoce”, comentario que no podía yo desaprovechar: “Mira hija, los hombres son como los aguacates, nada más con verlos no eliges uno bueno. Hay que conocerlos bien. Habrá algunos que parecerán perfectos pero te llevarás cada sorpresa…”. ¿Entonces papá es un aguacate? Preguntó la menor. Me quedan algunos años para afinar mi discurso.

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