POR SI LAS MOSCAS

La nueva santa inquisición

Por Laura Monzón
viernes, 5 de abril de 2019 · 00:00

“No se culpe a nadie de mi muerte: es un suicidio, una decisión voluntaria, consciente, libre y personal”, escribió el ex bajista de Botellita de Jerez, Armando Vega-Gil, antes de quitarse la vida, a causa de una acusación sin nombre, sin rostro, sin pruebas, sin sustento alguno, sin una denuncia ante las autoridades. Las palabras a través del “hashtag” #MeTooMusicosMexicanos, de una supuesta víctima que lo denunció por haberla acosado cuando ella tenía 13 años, lo desolaron y destruyeron en un instante.

En la carta que subió a las redes, Armando se declaró inocente. No obstante, sabía que dijera lo que dijera su carrera estaba acabada y optó por marcharse. Sin embargo, ese suicidio voluntario, consciente y libre fue incitado por la imputación anónima de un delito grave como la pedofilia.

El movimiento virtual creado para dar apoyo y credibilidad a las verdaderas víctimas de acoso y violencia sexual por parte de músicos mexicanos, se revolvió. Sin filtros de verificación fiables, para separar las verdaderas denuncias de las historias falsas, exageradas y morbosas, la plataforma acabó publicando anécdotas engañosas, flirteos fallidos, coqueteos inocentes y piropeos tontos, señalando por igual a culpables e inocentes.

Después de la muerte de Armando, en vez de guardar silencio, las personas detrás del “hashtag” buscaron lavarse las manos con mensajes frívolos, para luego argumentar que ellas eran las agredidas y acabar por desviarse del asunto, hablando de crear conciencia sobre la salud mental.

Las autoridades abrieron una carpeta de investigación por homicidio culposo y la familia pide que #MeeTooMusicosMexicanos identifique y revele la identidad de la presunta víctima de acoso. Después de unas breves disculpas, la cuenta fue cerrada. No obstante, las autoridades deberán llegar a las últimas consecuencias, porque las cosas no funcionan así.

¿Teníamos qué llegar al punto de provocar una muerte para darnos cuenta de que las acusaciones anónimas publicadas en las redes sociales, sin filtros, sin verificación, sin una denuncia ante las autoridades, no deben existir?

El movimiento #MeToo no es inteligente, ni coherente, ni legal. No hay orientación a las víctimas, canalización a especialistas adecuados ni exhortación a levantar la denuncia ante las autoridades; solo señalamientos inexorables de personas auto ungidas como jueces en contra de justos y pecadores.

Parece la revuelta de un grupo de mujeres que desean vengarse, a costa de quien sea y lo que sea, incluso utilizando a las verdaderas víctimas de la violencia, para mandar al cadalso a cualquier presunto “macho heteropatriarcal” que se atreva a respirar el mismo aire que ellas.

Pero no hay que confundirnos.
La muerte de Armando Vega-Gil no tiene nada que ver con la lucha feminista, que no debe ser denostada por culpa de mujeres que no supieron manejar con responsabilidad y cordura el poder que obtuvieron con #MeeToo.

El caso está relacionado con la acusación y el escarnio social a través del mal uso de las redes sociales, bajo el anonimato, sin tener o mostrar las pruebas fehacientes de que, en efecto, existió un abuso, de cualquier índole, y sin que haya de por medio una denuncia ante las autoridades.

Las redes sociales se han convertido en la nueva Santa Inquisición, donde se señala a los culpables, sin derecho a juicio ni a la presunción de inocencia. Estamos cruzando límites de los cuales nos vamos a arrepentir en el futuro.

Yo conocí a Armando. Hace varios años, coincidimos en proyectos a favor de los indígenas de Chiapas, con otros tantos músicos y artistas. Lo recuerdo amable, ocurrente, respetuoso; todo un caballero.

Fue su decisión marcharse; pero me molesta que haya sido a causa de una denuncia anónima, sin fundamentos. Ahora, sólo me queda desearle que descanse en paz y, si existe algo llamado alma, que se llene de luz.

Hasta siempre, Armando Vega-Gil (1955-2019).
 

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