DESDE LA PLAZA SANTO TOMÁS

Lo que sucedió mañana – año 2026- Mes de Junio- 25

Por: Ricardo Harte*
lunes, 10 de junio de 2019 · 00:00

Una de las características que la Plaza Santo Tomás había ido construyendo con el paso de los años, era la sensación de que el latido de la ciudad tenía, aquí, otro ritmo.

No era el ritmo urbano de “estoy muy apurado, aunque no tengo claro a dónde voy”, sino que era el ritmo de “con todo y el alboroto de los pájaros en la tarde, aquí me siento en paz y me da ganas de pensar, de descubrir…”

Son dos ritmos muy diferentes. El primero rinde homenaje a la velocidad, porque… porque… pues porque sí y no permite encontrar al otro ni encontrarse a uno mismo. El segundo, muy por el contrario, permite, promueve, facilita que sintamos el color, que la brisa nos despeine, que escuchemos el murmullo del agua, que descubramos el rostro de la señora que se sentó en la banca de enfrente y está absorta observando el jardín de las cactáceas.

Sí… son latidos diferentes.
Y esa sensación había prendido en el inconsciente colectivo de tal manera, que ya era común que los amigos se citaran “en la Plaza”, que los amantes se descubrieran “en la Plaza”, que los niños se extenuaran “en la Plaza”, que los ancianos encontraran que “en la Plaza” nadie los apuraba.

Que era ya común ir a la Plaza a jugar, a leer, a conversar, a comer, a caminar, a escuchar, a mirar y ver.

Mercedes había escuchado en silencio y con mucha atención el diálogo entre Don Sebas y Doña Elsa. No quiso intervenir, pues su condición de académica la arrastraba a ver los temas de otra manera y le parecía muy bien que Don Sebas y Doña Elsa se “tirotearan” con las mismas armas y calibres.

Pero se quedó muy ensimismada con el tema de la introspección de Don Sebas.

El día fue abriéndose a la luz, pasaron minutos largos y los segundos implacables no dejaban de correr (aunque en la Plaza a otro ritmo) y Mercedes, siendo sábado, decidió quedarse un rato más. El clima estaba delicioso. Y del otro lado de la fuente descubrió a Don Sebas, solo, leyendo el periódico del día.

Sin titubear caminó como distraídamente y “súbitamente” se “encontró” con Don Sebas.

-Don Sebas ¿todavía por aquí?
-Pues mi querida Mercedes, aquí estaré también después de que me canten las golondrinas.

-Bueno Don Sebas, pero no hay apuro para que ello suceda, ¿no?

-¿Apuro? No… Bueno, no creo que sea un asunto de apuro. Como dicen por ahí, todos estamos formados para ese día, pero la verdad… ¡no empujen!

Como digo, la cuestión no es el apuro. La cuestión, pienso, es vivir la muerte.

-¿Vivir la muerte? -exclamó Mercedes, pensando que no había sido buena idea provocar a este viejo loco- ¡Pero son dos asuntos totalmente antagónicos!

-Sí… Antagónicos sí, pero se complementan. No puede haber vida sin la muerte y no puede haber muerte si no hay vida ¿no cree?

Además, creo que cabalgando en la trivialidad cotidiana, nos olvidamos de contemplar, de conversar sobre el único suceso totalmente seguro que tenemos en nuestro futuro: que nos vamos morir.

Yo creo, mi querida Mercedes, que la afirmación de “la muerte es la negación de la vida” es una afirmación totalmente errónea, falaz, equívoca.

La muerte está en la vida, no es una maldición, es algo que está junto a nosotros todos los días. Y que nos sorprende, nos angustia, a la que le tenemos terror. Cuando es algo hermoso. Es el umbral a una realidad diferente.

-Me parece que lo atrapé en su día místico y religioso mi querido Don Sebas.

-Bueno mi estimadísima, yo estaba en santa paz leyendo mi periódico y usted vino a ponerme las banderillas.

-Es cierto. Me tengo que ir ahora, lo siento. Pero lo buscaré mañana, porque tengo varias banderillas que ponerle.

*Arquitecto y académico. Nació en Uruguay y desde hace 40 años radica en México.

ricardoharte@yahoo.com.mx
 

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