CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

¡Apocalipsis ahora!

Por Rael Salvador
viernes, 20 de noviembre de 2020 · 02:04

Si alguien te dice que “Apocalypse Now” no es sino un juego de niños, lo primero que adviertes es que, sin lugar a dudas, Vietnam tuvo diversos coqueteos con los infiernos de sus intérpretes, entre los que se encuentra Francis Ford Coppola.

Pero sólo pueden hablarnos de la guerra aquellos que no han sido destazados en el podrido corazón de sus tambores.

Si podemos regurgitar brumas ácidas desentrañando el subconsciente a partir de la pulsión de muerte, es posible que la insensatez de la humanidad también se repita periódicamente hasta el hartazgo.

¿Qué tanto hay del Kurtz de “El corazón de las tinieblas” y el Kurtz de “Apocalypse Now”? Quizá sólo el obvio retruécano alegórico que Marx toma prestado de los espejos encontrados de la historia: “El arma de la crítica no puede reemplazar la crítica de las armas”, ya que se deduce que no se logra abatir la fuerza material más que por la fuerza material.

Ante el orden que apunta el arma contra la idea, el brillo de la trayectoria de otra bala debe cumplir su cometido antes que pretender resolver las dudas filosóficas que plantean la moral y la justicia.

De no ser así, romanticismo revolucionario, caeremos en la trampa que advierte Albert Camus al escribir “El hombre rebelde”: moriremos a los cincuenta años “de una bala de nostalgia que nos disparamos al corazón a los veinte”.

Si lo anterior es una bagatela o no, poco importa, porque en las fantasmagorías alienantes que apartan a los espectadores de los lectores –en este caso, contraponiendo la imagen cinematográfica de guerra ante el libresco y compungido avance de lo civilizatorio– siempre encontraremos que existe el germen de una acción espiritual.

Cuando el silencio complica la experiencia, se lee la misteriosa potencia de un personaje en la intimidad de sus diálogos: “Me encontré una vez más en la ciudad sepulcral –recuerda Marlow, sumergido aún en el resabio de la selva–, sin poder tolerar la contemplación de la gente que se apresuraba por las calles para extraer unos de otros un poco de dinero, para devorar su infame comida, para tragar su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes”.

Si la historia vigila lo que brilla en Kurtz, ese extraño y perspicaz personaje que seduce al marinero Marlow –el alter ego de Joseph Conrad– y que fascina tanto al universo salvaje como al mundo civilizado, es porque le ofrece a su discurso la categoría de alucinación reconstructiva.

Despacio, sílaba a sílaba, sin precipitación: “We are the hollow men We are the stuffed men Leaning together Headpiece filled with straw...”.

Sí, es el Coronel Walter E. Kurtz, al final de la película “Apocalypse Now” vociferando el emocional impacto hipnótico de unos magistrales y oscuros versos de T. S. Eliot (The Hollow Men), que retratan en el tortuoso rostro de Marlon Brando el desencanto inútil de todas las guerras humanas.

Eliot había dedicado el poema “Los hombres huecos” para el Kurtz de la novela de Conrad, que sostenido en el reflejo del cine, con la atmósfera deslumbrada por la música de The Doors (The End), dicen lo siguiente: “Somos los hombres huecos./ Somos los hombres rellenos./ Apoyados uno contra otro./ El cráneo lleno de paja./ ¡Ay! Nuestras voces secas, cuando/ susurramos juntos/ son suaves y sin sentido./ Como el viento sobre el pasto seco/ o como pies de ratas sobre vidrio quebrado./ En nuestra bodega seca,/ modelo sin forma, sombra sin color,/ fuerza quieta, gesto sin movimiento”.

Luego, Brando-Kurtz aventará uno de sus dos libros (“La rama dorada”, de James G. Frazer o “Del ritual al romance”, de Jessie Weston) a la cabeza del fotógrafo necio que, impertinente, chilla: “¡Así es como este puto mundo se termina!”.

raelart@hotmail.com

 

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