CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

Encontrar a Séneca

Por Rael Salvador
viernes, 31 de julio de 2020 · 00:00

Fernando Lillo Redonet ha escrito un libro formidable sobre la imprescindible figura de Séneca, el filósofo romano nacido en Córdoba y quien desafió, a partir de la virtud de sus aforismos, el oro manchado de la realidad.

“El camino del sabio” (Editorial Diálogo) es una magnifica y maravillosa novela desarrollada en uno de los momentos más tumultuosos e interesantes del imperio romano, la época que va de Augusto a Nerón, en la que se ha sabido conjuntar la rigurosidad histórica y la profundidad del pensamiento filosófico de Lucio Anneo Séneca.

A lo largo de la historia de las ideas, anuncian los editores, cada generación ha buscado su propio Séneca. En esta novela, “en la que el filósofo reflexiona sobre sí mismo poco antes de su muerte, defendemos que Séneca sigue siendo una figura de gran interés para el hombre de hoy”.

Y no hay la menor duda, la actualidad de Séneca es irrefutable: más vivo que ciertos filósofos que hablan de su muerte.

Este comentario anterior también jala de mi memoria al poeta rumano Marin Sorescu, que en sus versos dedicados a la presencia de Séneca, en la estampa última de su existencia, dicen lo siguiente: “A la caída del Sol, me dijeron,/ debo cortarme las venas,/ ahora es sólo el mediodía,/ tengo todavía unas buenas horas de vida./ Qué hacer,/ ¿escribirle otra vez a Lúculus?/ Ya no tengo ganas. ¿Ir al circo? Ya no necesito ni circo ni pan. ¿Prever el destino de la filosofía?/ Ha pasado una hora más,/ quedan todavía cuatro,/ el agua borbotea en la bañera,/ bostezo y miro por la ventana,/ miro hacia el sol que ya no se pone y me aburro horriblemente”.

Las elocuciones de Séneca guardan la claridad de la contemplación, estilo de observar el mundo que, irremediablemente, muchos oficioso han perdido ya: “La tierra es a la vez parte y material del mundo. Creo no preguntarás por qué es parte, pues equivaldría a preguntar por qué es parte suya el cielo; y en efecto, el universo no existiría sin el uno y sin la otra, puesto que el universo existe por medio de las cosas que, como el cielo y la tierra, suministran los alimentos que dan vida a todos los animales, todas las plantas y todos los seres, obteniendo de ellos su fuerzas todos los individuos, y el mundo con qué satisfacer a sus múltiples necesidades.

De aquí procede lo que sostiene a tantas estrellas, tan activas, tan ávidas, que no descansando de día ni de noche, necesitan continuo pasto; y de aquí toma la naturaleza lo que exige el mantenimiento de todas sus partes. El mundo, pues, se hizo su provisión para la eternidad. Te pondré pequeño ejemplo de cosa tan grande: el huevo encierra tanto líquido cuanto es necesario para la formación del animal que ha de nacer de él”.

Más de dos mil años después de su muerte, Séneca –venido al mundo el año tres de nuestra era– se nos presenta aun como un maestro de vida: “Concordia parvae res crescunt, discordia maximae dilabuntur”, lo que del latín se extrae: “La concordia hace crecer las cosas pequeñas; con la discordia, las más grandes se vienen abajo”.

raelart@hotmail.com 

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