ANDANZAS ANTROPOLÓGICAS

Crónica de la conmemoración de dos medios milenios

Por Arqlgo. John Joseph Temple*
sábado, 4 de julio de 2020 · 00:47

Las colecciones son el material que constituye un museo. Para que sus salas de exhibición tengan coherencia, se requieren guiones, los cuales determinan el discurso que se va a relatar con sus elementos.

Cuando se montó la exposición temporal “Mesoamérica Marginal, Aridoamérica, Oasisamérica y Baja California”, en el Cecut de Tijuana durante la gestión de Teresa Vicencio Álvarez, el arqueólogo Felipe Solís Olguín no tuvo problema alguno para dar la primera visita guiada: al estar los temas dispuestos por áreas culturales, parecía estar leyendo las hojas de un libro conforme iba avanzando en cada uno de los cuatro temas.

En vísperas de la conmemoración de los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, había la posibilidad de hacer un espacio dedicado a la arqueología posterior a la de la destrucción del Huey Teocalli (o Templo Mayor) de Tenochtitlán. La colección que iba a conformar la sala la componían los restos recuperados en el terreno donde se hicieron las excavaciones que inicialmente rescataron la escultura de la diosa Coyolxauhqui a partir de febrero de 1978, y que actualmente concretan el recinto del Museo del Templo Mayor. La fecha límite para inaugurarla, por supuesto, era el 12 de octubre de 1992.

Los materiales de los que se disponía eran variadísimos: cerámica azteca con formas adaptadas al consumo hispano; ollas llamadas botijuelas en las que se había guardado granos, vino y aceite de oliva; botellas de vidrio para almacenar bebidas destiladas; moldes para fabricar ahora figurillas femeninas de vírgenes católicas, del tipo de los que antes se utilizaba para hacer imágenes de Tonantzin y Chalchiuhtlicue; porcelana y marfil procedentes de oriente, mayólica poblana y de la ciudad de México; recipientes y figurillas hechas con una indudable influencia de manos africanas, monedas de curso corriente y tlacos llegados hasta de Michoacán; bacinicas de barro vidriado, canaletas para desviar las aguas que caían de las azoteas cuando llovía; materiales del siglo XX, fragmentos de balanzas, brazaletes con perlas corroídas por la acidez del suelo…en fin.

La organización de la sala, en ese momento, fue tanto cronológica como temática: había materiales que eran inamovibles, por ser difícil su remoción. El guion de los materiales se adecuó a su ubicación, ya estaba emplazada en la sala una escultura tardía e incompleta de Coyolxauhqui, quizá la última que se hizo en el Templo Mayor, que indicaría el final de México-Tenochtitlan como ciudad rectora. También había capiteles y basas de columnas que habían sido aprovechadas a partir de esculturas mexicas; escudos nobiliarios de familias novohispanas, como los Escobar y Maldonado que eran sobre todo de los siglos XVI y XVII.

Los materiales como vidrio, monedas, figurillas, metal, y de procedencia europea, cada una tuvo su propia vitrina o capelo. En cambio, la mezcla de atributos mexicas, africanos novohispanos y españoles, junto con los del siglo XIX, tuvieron vitrinas cronológicas acorde con su vocación. La colección cerraba con una vitrina de materiales del siglo XX, con botellas de colonia Sanborns o placas para imprimir etiquetas del famoso tricófero de Barry, entre otras marcas.

Pero, ¿con qué pieza iniciar? Por entonces, dada la seguridad del Museo del Templo Mayor, se otorgó la custodia del famoso tejo de oro, pieza dejada por los españoles en su huida hacia Popotla el 30 de junio de 1520, a dicho Museo. Y ésa fue la pieza que abría la exposición de la que ahora es la Sala 8 de este recinto, dedicada a la Arqueología Histórica. Se inauguró en mayo de 1992. Dos medios milenios: 1992 y 2020.

*Investigador InahBC
 

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