DÍA DEL SEÑOR

XVIII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A (Mt 14, 13-21)

“No hace falta que se vayan, dadles ustedes de comer” Por Carlos Poma Henostroza
sábado, 1 de agosto de 2020 · 00:00

El evangelio de hoy nos habla de cómo reacciona Jesús frente a las necesidades de la gente, “al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar solitario”. Es decir, que en ese momento el Señor estaba de duelo y quería retirarse a solas, seguramente a orar, o simplemente a recuperarse de la tristeza de este hecho. Sabemos que, como Dios, Jesús conocía de antemano lo que iba a suceder a su primo. Pero, como Hombre verdadero que era también, sentía aflicción por tal pérdida y por tan vil asesinato.

Pero, El, al ver aquella muchedumbre, “se compadeció de ella y curó a los enfermos”. Y la atención de Jesús con esa gente no se queda allí, sino que posteriormente, les da de comer a todos. Jesús pospone lo que inicialmente iba a hacer, de su retiro en soledad, de su duelo, de su dolor, y se somete a la solicitud de una muchedumbre hambrienta de pan material y de pan espiritual.

Y nosotros, que debemos ser imitadores de Cristo, ¿Actuamos igual con relación a las necesidades de los demás? ¿Qué necesidades ponemos de primero: las nuestras o las de los demás? ¿Cómo atendemos a quien nos necesita para que le demos una palabra de aliento, una atención porque está enfermo o simplemente porque necesita un trozo de pan? ¿Hacemos como Jesús? ¿Nos olvidamos de nuestra tristeza o preocupación personal para atender a otros, aún desde nuestra propia tristeza o preocupación? ¿O buscamos ser nosotros atendidos, olvidando a los demás? ¿Buscamos ser consolados en vez de consolar? ¿Ser comprendidos en vez de comprender? ¿Ser amados en vez de amar? ¿Cómo actuamos? ¿Cómo somos?

El amor de Dios se demuestra también con otros actos de generosidad. Por ejemplo, compartir una palabra de aliento a los aislados; compartir una llamada de teléfono con un vecino o familiar enfermo; compartir su tiempo con personas abatidos por esta pandemia; compartir sus oraciones por los enfermos; compartir tu oración con las personas aplastada por los efectos del virus.

El otro detalle que llama la atención de este milagro multiplicador de comida es el hecho de que Jesús le pregunta a sus discípulos cuánta comida tienen. Y ellos le informan: son sólo cinco panes y dos pescados. La muchedumbre era grande: cinco mil hombres, más las mujeres y los niños. Si tomamos en cuenta que a Jesús lo seguían muchas más mujeres que hombres, probablemente en total podían haber sido unas quince mil personas. ¿Cómo podían los discípulos, preocupados por el gentío, seguir la indicación del Señor que les dice: “Denles ustedes de comer”?

El Señor les pedía un imposible: dar de comer a quince mil con cinco panes y dos pescados. Ellos obedecen, aunque parecía imposible. Y nosotros ¿cómo actuamos cuando el Señor nos pide algo que creemos imposible? ¿Confiamos en la Providencia Divina o confiamos sólo en nuestras débiles fuerzas? ¿Confiamos plenamente en Dios u olvidamos que Dios nunca nos pide algo que no podamos cumplir con su Gracia?

Los Apóstoles sí pudieron cumplir la instrucción del Señor, pues, después, Jesús efectúa el milagro: la multiplicación de los cinco panes y dos peces, ¡tantos! que al final, después de haber comido todos, se recogieron doce cestas de sobras.

Este milagro fue ¡nada! en comparación con la Sagrada Eucaristía, en la cual Jesús se convierte El mismo, en nuestro “Pan bajado del Cielo” (Jn. 6, 41). Después de alimentarse del “pan de la Palabra”, la multitud se alimenta del “pan de la Eucaristía”. El hambre de verdad y plenitud sólo puede saciarla Dios. La Eucaristía más que una obligación es una necesidad, saciarnos de Dios.

Que el amor de Cristo presente en la Eucaristía, los acompañe, proteja y bendiga siempre.

cpomah@yahoo.com 

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