DÍA DEL SEÑOR

XXIII Domingo Tiempo Ordinario Ciclo A (Mt 18, 15-20)

“Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos” Por Carlos Poma Henostroza
sábado, 5 de septiembre de 2020 · 00:15

El evangelio de este domingo nos presenta cómo corregir a los demás de manera fraterna y Jesús nos da con mucha precisión la forma como debemos corregirnos unos a otros. Primero: “Si alguien comete un pecado, amonéstalo a solas”. Segundo: “Si no te hace caso, hazlo delante de dos o tres testigos”. Y tercero: “Si ni así te hace caso, díselo a la comunidad”. Cuarto Paso: “Si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él”.

La experiencia muestra que cuando corregimos a otro u otros de una manera distinta a este orden que nos indica el Señor, se crean problemas, pues el corregido se siente atacado injustamente. Por ejemplo, si alteras el orden y haces el segundo o tercer paso de primero, se interpreta que has hecho un chisme. Si haces el cuarto paso, sin pasar por los otros tres, estás faltando a la caridad, pues aunque la persona a corregir sea culpable de algo, no puedes alejarte sin darle alguna explicación o sin que al menos entienda por qué te estás alejando.

¿Qué significa “apartarse de él? No significa despreciar a la persona, no tratarla o no saludarla. Apartarse significa diferenciar el pecado del pecador. Significa, ante todo, no seguir sus proposiciones, ni sus caminos. Pero podría significar, además, “sacudirse el polvo de las sandalias” (Mt. 10, 14), como también aconsejó Jesús a sus discípulos para cuando no fueran escuchados.

Otra cosa que hay que tener en cuenta es que corregir -cuando hay que corregir- es una obligación necesaria. La corrección no se puede evadir, esto es especialmente importante para los padres que muchas veces temen corregir a sus hijos por miedo a no ser queridos por ellos.

Aquéllos que teniendo responsabilidad para con otros, prefieren no corregir a quienes hay la obligación de corregir y dejan pasar las cosas por miedo a ser rechazados, por miedo a perder popularidad, por miedo a ser tachados de intransigentes o por miedo al conflicto, corren el riesgo de ser ellos mismos amonestados por Dios por no cumplir su responsabilidad.

Ahora bien, no siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección, porque algunas veces, aun siguiendo el orden que el Señor nos da, el otro puede rechazarla. La corrección fraterna sólo será valiosa si la persona corregida ve la corrección como expresión del amor de la persona que corrige, la corrección debe estar acompañada y envuelta en un clima de sencillez, de cariño y, sobre todo, de humildad. En cualquier caso, debemos reconocer que muchas veces la corrección fraterna es difícil de realizar y algunas veces hasta imposible. Lo que siempre será posible será mostrar y demostrar nuestro amor a las personas a las que creemos que deberíamos corregir. Y esto ya es mucho.

Se trata de corregir con amor y humildad. Si vas con aire superior, creyendo que tú eres perfecto en todo y sólo el otro es el que se equivoca, tu misión no tendrá éxito. Tu hermano lo tomará como una crítica negativa y no verá tu buena intención. Hay que emplear también buena dosis de prudencia, es decir saber encontrar el momento oportuno para hacer la corrección. Si conoces de verdad a tu hermano sabrás también como va a reaccionar y qué tono tienes que emplear: enérgico, suave o firme, según los casos. Decía San Agustín: “si corriges, corrige con amor”.

Que amor de Cristo, los acompañe, proteja y bendiga siempre.

cpomah@yahoo.com

 

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