PSICOLOGÍA INFANTIL

El naufragar de las emociones

Por: Psic. Laura Elena Beltrán Padilla*
jueves, 14 de octubre de 2021 · 00:00

Llevamos meses de enfrentar una crisis que nos ha embargado a todos. Expuestos a los grandes estragos de la actual contingencia mundial, hemos naufragado en pequeñas embarcaciones intentando salir a flote, alejándonos más, los unos de los otros.

Tenemos que ser mesurados, hay mucho en juego, por nuestra salud y nuestra vida. Pregunto: ¿Cuándo pudiste abrazar intensamente por última vez? Algo tan natural como la interacción entre padres, hijos y amigos se ha ido haciendo cada vez más distante y difícil de sobrellevar.

Hemos tenido que restringir la convivencia y, con el tiempo se ira reflejando, cada vez más, el impacto de lo social en lo individual. Por lo menos, al que estábamos acostumbrados en nuestra cultura mexiquense.

Un reto grande lo estamos teniendo los especialistas en salud mental y no se diga en la infancia. ¡Qué difícil la represión para un niño que es tan sensorial, que requiere del dar y recibir! Con el tacto se dice mucho, no cabe duda, una caricia y un beso son invaluables, un nutriente para el alma y el corazón.

Para un pequeño, la demostración de cariño se basa en un intercambio y mucho en lo lúdico. Millones de fibras nerviosas que se interconectan entre sí a través de sistemas complejos de nuestro organismo, se da cuando hay estimulación positiva.

Muchos menores que vienen a consulta son primogénitos. No es lo mismo un pequeño que crece y se desenvuelve con hermanos, primos o vecinos, que el que interactúa sólo con una pantalla digital. El juego social es una vitamina diaria para los seres humanos, así como el alimento nutre al cuerpo, el intercambio entre dos es una dosis para la estima y la motivación.

La ansiedad y la depresión están a la orden del día y, cada vez más, a temprana edad. Muchos menores se sienten vacíos y esto se refleja en su ánimo, en la evitación o compulsión alimentaria, en el aplanamiento emocional, en la desmotivación, en el dejar de hacer cosas que gustaban. La restricción sanitaria ha bajado las defensas del más pequeño al más grande. Mucho tiene que ver la conciencia del adulto, de su estabilidad o inestabilidad.

Algunas personas somos más previsoras que otras e intentamos equilibrarnos. Las defensas ante un virus se reflejan en nuestra calidad de vida. Por lo general, una enfermedad llega cuando se está más vulnerable.

Si venimos de un árbol genético fuerte o débil tiene mucho que ver. La herencia y el ambiente son uno, así como lo son el cuerpo y la mente: si se tiene una carencia emocional, impacta en lo físico y, si se tiene un padecimiento físico, se afecta lo emocional.

Cuando se está sintonizado, se revitaliza el organismo y se percibe en nuestra energía, se refleja en nuestro andar, en nuestro tono de voz y en la manera en que nos abrimos o cerramos al exterior. Mucho depende de los cuidados que le demos y que brindemos a nuestro ser para resistir o no a las fuertes tempestades llamadas “enfermedades”.

En ocasiones no le damos importancia a nuestra salud por ignorancia o por miedo del sentirnos solos: “Si de algo me voy a morir, prefiero salir y convivir”. Un pensamiento egoísta, claro está.

En un caso reciente, un pequeño llegó a sesión y me expresó con tristeza: “Mi abuelito no creía en el COVID, se me murió, si tan solo se hubiera cuidado, lo extraño mucho”. Su ausencia dejó un gran vacío emocional. Le acompañé en su duelo, con técnicas para reconfortarle. Al final, todos tenemos un proceso: formas particulares de vivir. Es importante el avivar recuerdos, intentar navegar y pedir ayuda de ser necesario.

*Posgrado en psicoterapia de niños

laurabelpad@gmail.com

 

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