A MEDIA SEMANA

La distopía del metaverso

Por: Eugenio Reyes Guzmán*
jueves, 2 de diciembre de 2021 · 00:00

La nueva apuesta de Mark Zuckerberg pretende crear una realidad virtual donde se una y conecte a las personas a través de avatares. En ese mundo irreal, los usuarios podrán asistir a conciertos, viajar, ir de compras, vender o alquilar propiedades, brindar servicios, hacer ejercicio, asistir a clases e ir a trabajar.

En esa realidad aumentada e inmersiva, los humanos serán capaces de socializar en un mundo tridimensional en línea, conocer amigos, enamorarse, ir al templo, casarse, recibir un cúmulo de emociones a través de los sentidos y hasta vivir en la web. Mas aún, en ese mundo artificial y poshumanista, estarían interactuando por igual personas, avatares, animales y hasta robots. ¡Parece una alucinación!

El pretendido espejismo digital buscará captar la omni-atención de los avatares navegantes convenciéndolos de ser omnipotentes y omnisapientes, si y solo sí, residan omnipresentemente en ese mundo surreal. Sin duda se presta al debate sobre si dicha realidad virtual releja a una distopía del ciberespacio y un avieso atentado contra la ley natural o un inefable destino por llegar, hagan sus apuestas.

Mientras tanto, parece que la realidad artificial nos ha alcanzado. Por absurdo que parezca, la semana pasada, la empresa Metaverse Group compró por 2.4 millones de dólares en criptomonedas llamadas MANA, un terreno en el distrito “Fashion Street” en el mundo virtual llamado Decentraland.

Es un hecho, el mundo virtual se está lotificando y hay quienes están dispuestos a comprar o alquilar esperanzados en que “primero en tiempo, primero en derecho”. Sin duda, la ganancia esperada ha despertado un frenesí entre inversores en criptoproyectos y especuladores cibernéticos.

Por otro lado, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la isla caribeña de Barbados, firmó un acuerdo con Decentraland para establecer una embajada en dicho mundo digital. Dicha oficina, cumpliendo con la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas, ofrecerá visados electrónicos y utilizará su “diplomacia tecnológica” para ampliar sus misiones diplomáticas de 18 actualmente en el mundo real a 190 países en el mundo virtual.

También en el mes de noviembre, el alcalde de Seúl, describiéndola como una ciudad emocional, anunció la creación de una oficina en el metaverso desde donde los ciudadanos podrán pagar sus servicios, dialogar con avatares y hasta hacer turismo en sitios históricos desaparecidos.

A raíz del comunicado del creador de Facebook sobre la nueva generación de Internet, el universo paralelo del metaverso cobró vida, pero definitivamente no fue el primero. Desde mediados de los noventas surgieron intentos de “sociedades” virtuales como Red Light Center, Active Worlds, Multiverse, Minecraft y Entropia Universe, pero sin duda el gran precursor ha sido la comunidad virtual lanzada en 2003, Second Life (SL).

Pues resulta que SL se volvió tan popular que más de 45 multinacionales, incluyendo General Motors, Sony, Reebok y Coca Cola tienen presencia en dicho universo virtual. También el banco Wells Fargo, la iglesia cristiana LifeChurh.tv, la página de noticias en línea egipcia Islam Online y un grupo de librepensadores llamado SL Humanism, tienen un pie de playa en nuevo Internet.

Hasta universidades como Harvard, Oxford y la Universidad de Puerto Rico han experimentado con la formación utilizando SL. Aunque Zuckerberg no lo reconozca, SL y su fundador Philip Rosedale, han sido los verdaderos creadores del metaverso.

Sin duda alguna, el mundo virtual presenta un caleidoscopio de oportunidades, pero también riesgos. De bote pronto me preocupan las conflictuadas tres premisas fundacionales: Convivir en comunidad, avatares y la felicidad.

Comenzando con la idea de “unir” virtualmente a personas en una “comunidad” para que “socialicen”, por decir lo menos, no suena natural. El humano es un ser social, sin duda, pero la convivencia se da en forma presencial. ¿Qué será de la humanidad si se desasociara, desvinculara e individualizara aún más.

El segundo factor que me hace ruido es la oscuridad, falta de transparencia y de veracidad de la identidad entre los residentes de dicho mundo irreal. Tal cual, gracias a la tecnología 5G, los avatares podrán emular gestos, posturas, rasgos distintivos y hasta el pulso cardiaco de los usuarios.

Caso contrario, los habitantes podrían presentar ante los demás su alter ego con cualidades y características físicas distantes de su realidad. Así es, la irracionalidad en los avatares pudiera ser, sin que nadie lo note, la máscara que esconda la realidad, un vendaje que cubra una herida emocional o la fachada de una mente perturbada y aviesa.

El avatar, sin desvelar su verdadero yo, pudiera subrepticiamente presentarse como un manso corderito y causar daño a víctimas crédulas e inocentes.

El último punto de preocupación es el inquietante incentivo de que las personas buscarían la felicidad en el mundo virtual, huyendo de su vida diaria y escapando de sus cuitas. Esa distorsión de la verdad me recuerda un aprendizaje de mi padre sobre los manicomios al afirmar que algunas personas eran más felices en su insania que en la vida real.

Claro, en su mundo de fantasía, quien por años había deseado ser millonario, se imaginaba repartiendo dinero; quien no pudo tener hijos, veía nacer un hermoso crío diariamente y quien se reconocía decrépito, practicaba halterofilia. Rotundamente me niego a aceptar la falaz propuesta de encontrar dicha en el mundo virtual.

Concluyo pensando que, con todos los problemas políticos, económicos y sociales del México en que vivimos, es cabalmente preferible a escapar a un mundo imaginario. Sin duda opto por la compañía de mis seres amados, que por millones de amigos enmascarados en la red.

Prefiero cargar valientemente mi cruz, que flotar sin aparente preocupación en un mundo ficticio. Prefiero peregrinar por este valle de lágrimas con rumbo a la Patria Definitiva, que el tentador espejismo de una “segunda vida” paralela en el metaverso.

*Director general del World Trade Center, Monterrey, UANL
 

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