DESDE LA PLAZA SANTO TOMÁS

Lo que sucedió mañana – año 2028 – mes de febrero - 105

Por Ricardo Harte*
lunes, 22 de febrero de 2021 · 00:00

Pues…-empezó una respuesta la Sra. Elsa- puestas así las cosas, no hay duda de que sí, debemos de enfocarnos en buscar salidas que enfrenten estas injusticias.

Pero sin llegar a romper vidrieras, incendiar templos, quemar libros o matar a disidentes.

La Plaza Santo Tomás, a lo largo de los años, ha influido y participado en el desarrollo de la comunidad ensenadense y, como lugar social y físico, ya es un referente obligado para los ciudadanos y para los visitantes.

La región, en su historia y sus características, se entiende mejor a partir de vivir la Plaza.

El ser social ha formado estos espacios y estos espacios han formado al ser social.

La Plaza ha sido, también, un lugar para recuperar el silencio, las sombras, la escritura

Porque hemos perdido buena parte del silencio.
Si vamos al campo, en lugar de escuchar el sonido de la naturaleza, prendemos el radio.

Vemos el celular.
El espacio de silencio que nos queda es la lectura. “El libro, estancia del silencio, es el depósito de la memoria, el antídoto para el caos del olvido, lugar donde la palabra yace, pero siempre en vela, dispuesta a acudir silenciosamente al encuentro de quien la solicite. Amigo discretísimo, el libro no es petulante; sólo responde cuando se le interroga y no urge a continuar cuando se le pide hacer un alto. Repleto de palabras, calla”. (J.A.Lugo)

Porque hemos perdido también la oscuridad con la que disfrutamos las estrellas.

Las ciudades ya no están jamás a oscuras.
“El hombre había extraído de la alternancia entre el día y la noche, entre la palabra y el silencio, los símbolos que le permitían definir realidades interiores; hoy estos símbolos han dejado de funcionar. Nuestra existencia se ha empobrecido por no saber ya traducir en formas interiores esas experiencias primordiales”. (Tacet: un ensayo sobre el silencio, de Giovanni Pozzi (1923-2002) monje, catedrático de literatura italiana en Friburgo).

Porque hemos perdido también la escritura, entendida como el diálogo entre la mano y el cerebro, que ha sido sustituida por la inmediatez del teclado.

Y la Plaza ha sido, después de las duras batallas en favor de las necesidades de la comunidad y en contra de los intereses de la conceptualización errónea de lo que es un “negocio”, el lugar del diálogo, del descanso, de la lectura, del silencio, de la diversión, del consumo.

Un lugar de todos.
Como todas las semanas, nuestros amigos se iban reuniendo, poco a poco, con ese ritmo tan agradable que nace de hacerlo por el sencillo sentido del placer de convivir, de dialogar, de reírse, de discutir buscando ideas nuevas, de confrontar los paradigmas y principios de cada quien. Mucho más allá del compromiso artificial de cumplir con un horario, día, agenda.

- Como decía en nuestro anterior “conversatorio”- se arrancó, con especial entusiasmo la Sra. Elsa- creo que es muy necesario poder dialogar, intercambiar ideas y creencias.

- Pues si -acotó Agustín- es indudable que para poder avanzar en el conocimiento y en la acertividad de nuestros principios, debemos tener dos actitudes: saber escuchar y saber dudar. El saber escuchar puede ser, probablemente, poco complicado el lograrlo. Es una cuestión de disciplina en el diálogo. Pero saber dudar, eso si, es mucho más difícil. Saber dudar implica tener la fortaleza de espíritu de arriesgar las certidumbres que le dan sentido a nuestra vida y exponerlas en el escenario de las diversidades, de la crítica, de las diferencias. Es arriesgar la estructura de principios y valores que hemos construido con nuestros genes, con nuestra educación, con nuestra socialización y nuestras experiencias, al embate de sismos, de vientos, de malos tratos, de cuestionamientos y de pruebas y que, muchas veces, se tambalea y nos obliga a revisar lo que creemos, lo que defendemos, lo que, para nosotros, es la verdad.

Pero creo que es la única manera, o por lo menos una buena manera, de consolidar, por un lado, nuestros principios y, por el otro, sumar ideas nuevas, desconocidas, puntos de vista inéditos, deferentes. Y ello, estoy seguro, nos acerca a la verdad.

- ¿Nos acerca? – interrumpió la Sra. Elsa- ¿Qué no crees Agustín que algún día encontraremos la verdad, la respuesta a nuestras dudas?

- Pues…no. No creo. Llegar a la verdad es parecido a un par de sucesiones monótonas convergentes que tienden a cero. Cada vez están más cerca del cero, pero jamás llegarán a él. La distancia de ese par de sucesiones con el cero, siempre es más, y más, y más pequeña, pero siempre esa distancia se puede reducir y por ínfima que lo sea, siempre se podrá fragmentar en dos.

- ¿Pero eso no es desconsolador?¿No es decepcionante saber que aquello que más nos interesa, la verdad, jamás llegaremos a ella?¿Cuál sería, entonces, el motivador para continuar con nuestra búsqueda si partimos del principio que jamás lograremos encontrar lo que buscamos?

- Bueno, bueno, bueno- intervino Mercedes- Yo interpreto que lo que expuso Agustín es una analogía, un ejemplo. Y como buen ejemplo, pretender ayudar a aclarar una idea, una propuesta, una opinión. No la tomaría literal y afirmar que la búsqueda de la verdad es un par de sucesiones monótonas convergentes que tienden a cero. Para mi eso sería un reduccionismo. El tema es muchísimo más complejo. Lo que interpreto, es que no debemos conformarnos jamás con los absolutismos que logremos descubrir. Que el edificio de certezas es algo que se va construyendo, si, pero siempre existirá el misterio de lo inexplicable. Ello no destruye lo logrado. Por ejemplo, una certeza: los derechos humanos. Eso es una construcción, un contrato social que no esta sujeto al relativismo del “depende”.No. Y dentro de esos derechos está el el derecho a la vida de todo ser viviente. Es un derecho que no está sujeto al “depende”.

- Amén – agregó Agustín- amén.
El murmullo de la Plaza se sentía como el latido y la respiración de un ser social viviente, fuerte, necesario. Las risas, la música, los encuentros y los brindis daban fe de esa vida fuerte y necesaria. La sociedad ensenadense seguía construyendo esa capacidad de lo que es la civilización: la capacidad de vivir en comunidad.

*Arquitecto uruguyayo radicado en México desde hace más de 40 años

ricardoharte@yahoo.com.mx
 

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