LA OTRA HISTORIA DE MÉXICO

Por los caminos del sur…

Por Armando Fuentes Aguirre
jueves, 8 de abril de 2021 · 00:56

Se diría que la diosa Fortuna, al fin mujer, se había enamorado de Iturbide. Todos los estorbos le quitaba, le allanaba los caminos, de la mano lo conducía a la gloria. Al principio de su campaña todos los planes que hizo estuvieron a punto de venir a tierra y él ni siquiera se dio cuenta.

El virrey, para obsequiar la petición que Iturbide le había hecho, ordenó a todos los jefes con mando en el Bajío que se congregaran en Acámbaro a fin de marchar luego con sus tropas rumbo al sur. Eso molestó grandemente a aquellos militares, acostumbrados a la buena vida en la rica región de Guanajuato, comodidad que no estaban dispuestos a dejar para ir a sufrir los calores, enfermedades, fatigas y males de todo jaez propios de las tremendas regiones surianas. Ahí, como dice don Artemio de Valle Arizpe, “cada paso es un abismo y cada jornada una insolación”.

Entre esos militares soplaban ya vientos de rebeldía. En cuarteles y vivaques se hablaba de independencia. Los levantiscos jefes recordaron que la triunfante insurrección de Riego había comenzado cuando las tropas se negaron a abandonar España para iniciar una dudosa campaña en la remota América.

Recordando eso se juntaron algunos oficiales, y después de murmurar cosas terribles de Iturbide, a cuya ambición atribuían la orden que habían recibido, acordaron nada más y nada menos que levantarse en armas y proclamar la independencia de México, para substraerse así al mandato del virrey.

Si lo hubieran hecho el curso de la historia mexicana habría cambiado por completo. Pero no lo hicieron. Les faltaba lo que el pastel, con perdón sea dicho; eso que Iturbide tenía de sobra: audacia. Y ya decían los antiguos que Audaces fortuna jubat. La fortuna ayuda a los audaces.

Se asustaron aquellos militares de la demasía de su intención, y, después de prometerse unos a otros que a nadie dirían nada de lo que habían perpetrado, fueron a cumplir la orden del virrey. A regañadientes la cumplieron, mascullando maldiciones y acordándose a cada paso de doña Pepita Arámburu, que así se llamaba la mamá de Iturbide, la que ninguna culpa tenía de los tejemanejes de su atrevido vástago.

Salió de México don Agustín de Iturbide a juntarse con sus tropas. Antes de salir hizo que se oficiara un solemne oficio religioso en que se encomendó a Dios y recibió la bendición. Iturbide, por los contrastes que hay siempre en los humanos, era muy rezandero.

Ya dije antes que lo mismo andando en campaña que cuando estaba en la quietud de su casa, no se acostaba nunca sin rezar un rosario, cuyos quince misterios (gozosos, gloriosos y dolorosos) repasaba completitos sin escatimar ninguno, con todo y retahíla de sufragios, letanías y jaculatorias.

Sus soldados, que debían acompañarlo en la devoción, temían más a aquellos largos rezos que a los peligros de la guerra, y los insurgentes luchaban hasta la muerte contra él, pues sabían que si caían prisioneros tendrían también que rezar los kilométricos rosarios de Iturbide, y eso les daba ánimo para rendir la vida antes que caer en sus manos.

Su familia y la servidumbre temblaban cuando el señor estaba en casa, pues nadie podía ir a dormir sin antes rezar los quince misterios, que a ellos les parecían dos mil. Por eso la pobrecita Anita Huarte, esposa de don Agustín, no conseguía ayuda doméstica ni para remedio.

En Teloloapan, al oeste de Iguala, estableció Iturbide su campamento. Lo primero que hizo fue convidar a sus oficiales a comer. Los entretuvo con su deliciosa conversación (eso y otras cosas había aprendido de la Güera), pues sabía que llegaban llenos de desconfianza y de resentimiento.

Intentó tranquilizarlos. Les dijo que no serían tan prolongadas las penalidades que sufrirían en el sur, pues confiaba en acabar muy pronto con la tozuda resistencia de Guerrero y Pedro Asensio. Luego los aduló hábilmente: ellos eran los mejores oficiales de este mundo y los otros.

Les auguró triunfos grandiosos que harían de cada uno de ellos un Julio César, un Aníbal, un Escipión. Los jefes lo oían sin hablar, y a la facundia verbosa de Iturbide sólo respondía el golpear de los cubiertos en los platos.

Terminó el convite en medio de un silencio glacial. Sin amilanarse, Iturbide llamó aparte a don Francisco Quintanilla, capitán de la tercera compañía del regimiento de Celaya y hombre con quien tenía amistad. Lo llevó a su habitación, y después de cerrar la puerta comenzó a hablarle. Lo que le dijo Iturbide dejó turulato y fuera de sí al buen capitán. Nos enteraremos de ello en el capítulo siguiente.
 

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