CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

La nieve en el templo de los nacimientos

Por: Rael Salvador
viernes, 14 de enero de 2022 · 00:48

En la prolongación de la palabra, encontramos el espíritu.

Eso quiere decir, partida en mesa, que los 35 diálogos y 13 cartas de Platón están aquí por la dilatación del tiempo, esa gracia que se baraja en días aciagos y noches infinitas, y que planta a Sócrates de frente para que nos recuerde que la filosofía es el saber extraído de la ignorancia y no el exceso de conocimiento.

Hija de su tiempo, la “mayéutica” griega de Sócrates es de corte oriental, como todo designio en manos de su madre –partera de profesión–, porque símbolo en sánscrito significa “dar a luz”. En el parto de los sentidos del “Tábano de Atenas”, Platón (el “místico” de espaldas anchas) encuentra la alegoría de su iluminación: escapar de la cueva, salir, ver el Sol, abandonar, nacer…

Bufonesco, el filósofo ágrafo (por decisión) solía enfatizar sobre Platón: “Si yo sólo sé que no sé nada, qué sabiduría puede escribir ese necio muchachito de mí”.

El “Iluminarse” de Platón, como en el Buda, invita a regresar para armar la revuelta en las entrañas de la tierra, en la oficina, la maquiladora, la playa (como el Meursault de Camus, cegado por el Sol), el sindicato o el lugar donde la insolencia de la razón aparezca y se ampare tanto de “instinto” como de “guía” (si de algo sirve conocer, es que en el ascenso nos antecede más de un escalón: la hagiografía de lo rebelde, el pasado mismo).

Extraer luz a través de cavar con las palabras en la mina del diálogo, permite que las joyas que nos habitan decoren de maravillas el mundo. Así, la “dialéctica”, nuestro diálogo –por nimio que parezca–, es una herramienta de indagación filosófica, progreso del espíritu humano, que nos lleva en el viaje de Parménides a Heidegger, pasando por Hegel... y muchos otros estudiosos que se esforzaron por hacer del pensamiento una escalera.

(Pero esa es otra historia, quizá una de las más hermosas aún por contar aquí y para lo cual, en primer lugar –en la felicidad de leer y en la pericia de escribir–, necesito extraer de mi propio desconocimiento alguna suma de saberes legibles, no diletantes.)

Para fortuna de esos saberes, y del hombre mismo, lo que está frente a nosotros es más real que la “realidad” del engaño.

No sólo se nace del vientre de la madre, sino que se nace también cada vez que se toma conciencia; por eso es tan difícil antologar a los poetas chinos de la antigüedad, porque cada vez que alcanzaban la “iluminación” mudaban de nombre –porque para cada nacimiento ha de existir un nombre nuevo, no una herencia genealógica–, así como la crisálida da paso del feo gusano a la guapa mariposa (y en el devenir del tiempo revolotea en diversas acepciones griegas o latinas, como el inabarcable mapa de las estrellas o una banda de marineros borrachos intentando proferir otro idioma).

Hablando de nacimientos y muchas vidas, se cometa que el gato de Confucio, ese felino enlodado de orgías, dialogaba con sobrada virtud: “No son siete, Maestro –solía murmurar–; esa es una calumnia aún no resuelta frente al caldero de las brujas: Tenemos dos vidas, la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que sólo tenemos una”.

Días a camello, podría decir, o noches de Minerva –si me pongo romano y ontológico, a la vez que pedante–, a las que el santo de Hipona, Agustín, no se priva de echar –con el As de Dios bajo la manga– más de una mano con Cicerón, otro desvelado político de los saberes del cielo, pero en versión “descreído”.

“¡Oh! Sancte Socrate, ora pro nobis” (“San Sócrates, ruega por nosotros”, exclama Erasmo cuando se entera de estas partidas imaginarias).

Jugar a las palabras, a partir de saberes antiguos, es recrear los abecedarios de la infancia entre lo etimológico y lo real, pero sobre todo en lo espiritual.

“No hay hechos, sólo interpretaciones”, nos deja Nietzsche estipulado con lumbre en páginas que todavía incendian bibliotecas que se autonombran determinantes.

Convencionales como somos, nombramos el mundo y al nombrar imitamos… Mas cuando nos vamos en ebria imaginación –dando topes de sonidos con la fonética de la armonía– habilitamos el lenguaje a la categoría de arte: “Retórica”, si lo digo un poco falsamente en voz de Aristóteles.

Y así, en la Hélade de nombrar, la belleza circular de los conceptos (hay estímulos, no conceptos): “…del invierno a la nieve, de la nieve al arroyo, del arroyo a la contemplación…”.

Bien lo observa Alexander Kojève: “Comprendí que algo había pasado en Grecia, hace ya 25 siglos, y que ésa era la fuente y la llave de todo. Allí fue pronunciado el comienzo de la frase…”.

Si la palabra nieve moja la boca, quiere decir que en la floración del lenguaje también está la primavera.

raelart@hotmail.com

 

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