CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA
Música de la lectura a las sombras de la luz
Por: Rael SalvadorLas palabras tocan el silencio, ofrecen cuerpo, dan pecho, cubren el alma; las palabras, emociones de luz, vibraciones y sonidos, iluminan la oscura hoguera de la boca. Murmullos, crispación, alarido, caricias del lenguaje...
Formarnos, informarnos (reformarnos por dentro), requiere de su utilización, de la belleza de su uso: ¡paladearlas, saborearlas, dejarlas ir, escupirlas, esculpirlas, gritarlas, agigantarlas! Se aprende, a través de la palabra, a soñar cosas bellas para realizar, a su vez que útiles e inteligentes, cosas buenas.
Ellas, las palabras, fiesta del decir, origen y elogio, rumian, vociferan, guían... Hablan por nosotros, que escribimos, y por los que callan que, al permitirnos soñar la revuelta, nos otorgan la palabra.
Escritor es un hombre que canta en silencio. Lector, un silencio que habla al hombre por dentro.
El escritor habla por todos los que callan; da voz a los sin voz: de amor o de protesta, poco importa; de dignidad o de ternura, qué más da. La magia de la literatura nos salva de la libertad estéril del basurero, lugar donde se anuncian los evangelios del consumismo en contra del comunismo, en donde la degradación del hombre se acompaña con el buitre de la drogadicción, la prostitución insolente y el neonazismo apócrifo.
La vida acentúa la felicidad en las emociones que nos ofrenda el Arte. Veámosla así: en la escritura de un poema, en la lectura de un cuento, en la danza del viento sobre la llama, la espuma o la arena, en el pensamiento que nos lleva al futuro y en la nostalgia que nos desliza al pasado; en el lenguaje del espacio cuando habla y en el silencio del tiempo cuando calla, en el resplandor ocioso del cine, en el oportuno aciago de los domingos, en los simples dorados de esa catedral, en el dibujo impreciso de toda rebeldía, en el camino pausado de la vejez y en la precoz caminata de la infancia... En todas estas delicias, en todas estas gratuidades y gratitudes, de poco a mucho, paso a paso, de un lado a otro, golpe a golpe, de abajo hacia arriba, palabra tras palabra, cuento a cuento, se regenera lo humano de la vida.
Cuando la escritura del mundo se lee en nuestras vidas, más humana o más humano nos siente o nos presiente la existencia. Entonces, entendemos no sólo lo escrito en los libros, los manuales o los periódicos, las actas carcelarias y los requerimientos de Hacienda, los recibos de agua o luz, sino que aprendemos a leer el canto del pájaro, el resuello de la piedra, las seductoras advertencias del mar, la pasajera entonación de la nube, los universos florecientes de toda mirada.
Nos habla la voz del río y decimos agua fresca; nos habla la cenicienta voz del humo y decimos fuego; nos habla la voz de la tierra y, como sucedió al primer campesino -repitiendo su gesto infinito en la oscura noche de los tiempos-, derramamos igual la semilla sobre toda esperanza.
"La lectura es un acontecimiento inherente a la naturaleza humana -declara Rodolfo Castro, demiurgo de la lengua-, y tan sólo en algunas ocasiones se vincula al hecho de tener un libro enfrente”. Si la naturaleza da de leer, la experiencia humana traduce: habla para derrotar el gruñido del hombre o su silencio. Pero, atención, si nuestras palabras no pueden ser más dignas que ese silencio, más vale callarse...
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