DESDE CHAPULTEPEC

De la muerte de la esperanza

Por: Joatam de Basabe*
viernes, 7 de noviembre de 2025 · 00:17

El asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, no sólo representa otro episodio sangriento en la interminable crónica de violencia mexicana. Es, sobre todo, la muerte de la esperanza: la confirmación de que en este país ejercer un cargo público, abrir un negocio o simplemente vivir con dignidad se ha vuelto una ruleta mortal.
Manzo fue ejecutado a plena luz del día, frente a familias reunidas para celebrar el Día de Muertos. El simbolismo es atroz: mientras el país rendía tributo a sus difuntos, la violencia añadió otro nombre a su altar. El alcalde había pedido ayuda para enfrentar a los cárteles; en respuesta, lo silenciaron. Y con él, callaron también la ilusión de que la autoridad local todavía puede resistir al crimen organizado sin convertirse en su cómplice o su víctima.
Desde Ensenada la noticia no me resulta ajena. Aquí también hemos visto morir la esperanza. Hace apenas unas semanas, fue asesinado Omar Cisneros, joven emprendedor e hijo del dueño de la birriería Guadalajara, en pleno corazón turístico de la ciudad. Un ataque directo, cobarde, que dejó claro que ni los espacios familiares ni los proyectos de vida están a salvo.
A eso se suman los atentados y homicidios contra empresarios pesqueros, hombres y mujeres que, desde la madrugada, salen al mar con la convicción de ganarse el sustento de forma honesta. Algunos no regresan. Otros lo hacen con miedo, conscientes de que la economía local se hunde no sólo por los vaivenes del mercado, sino por las amenazas, los cobros de piso y la ineficacia de las autoridades.
Pero esta vez algo es distinto. La indignación social ha alcanzado un punto de quiebre. En Uruapan, en Ensenada y en muchas otras ciudades, la ciudadanía ha decidido no callar más. El próximo 15 de noviembre, colectivos, familias y comerciantes se manifestarán en las calles para exigir justicia y seguridad. No será una protesta partidista, sino un clamor colectivo: basta de impunidad, basta de miedo, basta de fingir que la vida sigue igual.
El discurso oficial insiste en que “vamos bien”, en que los homicidios “han disminuido”, en que “la paz es una construcción colectiva”. Pero en las calles, en los negocios cerrados, en las miradas desconfiadas de los vecinos, la sensación es otra: la esperanza está siendo asesinada día con día, con cada impunidad, con cada expediente archivado, con cada autoridad que promete justicia y entrega excusas.
Lo que está muriendo no es sólo la gente; es la confianza en que la vida pública tenga sentido, en que la política sirva para algo más que para sobrevivir. Y cuando la esperanza se extingue, las comunidades se repliegan, los jóvenes buscan escapar y el país se vuelve un territorio en duelo perpetuo.
Por eso el 15 de noviembre no es sólo una fecha en el calendario: es una oportunidad para intentar resucitar la esperanza. Si la sociedad logra salir a las calles con dignidad y firmeza, si logra hacerse escuchar más allá del miedo, quizá entonces podamos empezar a creer que no todo está perdido. Porque la verdadera tragedia de México no es sólo cuántos han caído, sino cuántos hemos dejado de creer que las cosas pueden cambiar. Y ese duelo, el de la esperanza perdida, es el más difícil de superar.

*Periodista y catedrático.
 

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