Columnas

ANDANZAS ANTROPOLÓGICAS: Mi gusto gourmet por las lenguas

jueves, 8 de octubre de 2015 · 00:00
Por: Ling. Ana Daniela Leyva González*
 
 
Amo las palabras, siempre lo he hecho, me fascina su capacidad de transportación a toda clase de mundos y realidades, a otros tiempos y espacios. A veces parece que la palabra existe por sí sola y que pesa más que su referente, tenemos la impresión de que lo transforma en otro, aunque sea él mismo. Mi pasión por las palabras va más allá de ellas por sí mismas, se desarrolla y toma forma en las oraciones y los textos, en los discursos, en eso que llamamos enunciación. Claro que he pasado buenos momentos con los diccionarios pero no se comparan a la felicidad que me otorgan las novelas, los cuentos, la poesía, y las pláticas con los buenos amigos.
 
Una flor no hace primavera, ni las palabras lengua. Las palabras son parte del repertorio que tenemos los hablantes para comunicarnos en una lengua, esos elementos cobran vida cuando los acomodamos de cierta manera y los unimos unos a otros en una especie de juego donde las reglas las conocemos todos los involucrados. Cuando hablamos hacemos dos operaciones: elegimos palabras con sus correspondientes significados y las asociamos unas a otras de cierta manera generando incluso, nuevos significados. Con esto quiero decir que el significado no habita exclusivamente en las palabras, también lo poseen determinados acomodos en las frases o tonos en nuestra voz, incluso la ausencia de palabras porta significado.
 
Cuando aprendemos una lengua debemos conocer nuevas palabras, aunque no por aprenderme la mayoría de las palabras del diccionario kumiay puedo decir que hablo kumiay, debemos también aprender las reglas del juego, saber qué palabras se combinan de qué manera, qué lugar ocupa cada una, si determinados acomodos tienen sentido en esa lengua, o no se entiende para nada. Hablar una lengua implica conocer el funcionamiento del sistema, no sólo conocer sus partes; ese funcionamiento va más allá de la lengua misma, involucra a los hablantes, quienes son miembros de culturas particulares y grupos sociales determinados, con sus propias relaciones de poder. Esas relaciones sociales se notan en la lengua pero no son exclusivas de ella, cuando hablamos las ejercemos y consolidamos, y aunque se quiera dar un peso mayor a las palabras, cambiando por ejemplo la palabra ‘indígenas’ por ‘grupos originarios’ seguimos relacionándonos con ellos desde patrones de desigualdad y dominación, como dice la canción "te voy a cambiar el nombre, pero no cambio la historia…” considero, queridos lectores, que es nuestro papel modificar esa historia no desde la palabra sino desde el acto.
 
Revisemos por último un caso que me tiene sorprendida, donde la palabra parece ejercer un poder sobrenatural sobre su referente, el caso de la comida de vanguardia. Hay dos palabras que modifican de manera mágica el precio de la comida: orgánico y gourmet. Una vez que los alimentos se etiquetan bajo estas dos palabras su valor se eleva, fue de verdad increíble pagar en un comercio ensenadense, por dos delgadas rebanadas de queso regional, el precio de todo el kilo. Quizás en un futuro usemos la palabra gourmet como sinónimo de ‘invaluable’ o ‘inaccesible’. Recordemos, el problema no son las palabras sino cómo las usamos y las relaciones sociales que establecemos con ellas, sin ellas o a pesar de ellas. Sigo amándolas como el primer día, me siguen volviendo loca las reglas de su juego y sigo apasionada, también, por las comidas exquisitas.
 

*Profesora-investigadora del Centro Inah-BC.

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