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ANDANZAS ANTROPOLÓGICAS: Viajando con intención: itinerarios

jueves, 19 de noviembre de 2015 · 00:00
Por: M.E. Marion G. Vomend Teuscher
 
 
"Itinerario” se asocia a un viaje. Una agenda, una secuencia de tiempos, un proceso con diferentes fases pero siempre asociado a un cambio de espacios: hoy empiezo mi viaje aquí, donde haré esto y esto otro; mañana me muevo a este otro lugar (edificio, ciudad...) donde resolveré tal y tal otro problema. Luego me reuniré con estas personas en este mismo lugar y ellas me llevarán a aquél otro, a conseguir esas cosas que necesito para llevárselas a mis compañeros en el destino final, donde aquéllos me darán algo a cambio que traeré de vuelta a mi punto de partida.
 
Siempre hay una ida; suele haber un regreso, siempre hay un propósito y un plan. Un itinerario no es una ruta aleatoria -aunque puede haber comenzado con una-, sino se rige por la disponibilidad de ciertos recursos y la búsqueda de otros, por los favores y desfavores del terreno, por conveniencias relacionadas con el clima y la estación, la coincidencia o no con ciertos grupos de personas. Puede obedecer a estrategias de expansión territorial, comercial, espiritual, de guerra o de paz, y hasta de intercambio genético. Puede ser una búsqueda de una vida mejor.
 
Común denominador pues, son la movilidad y la existencia de factores motivadores (brevísimo breviario cultural: lo que nos motiva es lo que nos mueve y nos hace movernos, cambiar de lugar, cambiar de visión: ¿mover México?).
 
Si nuestro viaje nos ha gustado y nos fue provechoso, muy probablemente lo repetiremos, o recomendaremos el itinerario. Todo eso lo podríamos asentar en una bitácora como hacen capitanes, pilotos, científicos, inspirados. Independientemente de qué tan sistemáticos seamos en el registro de nuestras percepciones, suele haber un tipo de comunicación con los demás sobre nuestras aventuras, los resultados de nuestra campaña, nuestros hallazgos.
 
El tiempo de permanencia en los puntos intermedios de nuestro viaje, puede obligarnos a hospedarnos en algún lugar, armando un campamento o una fortificación. Podríamos firmar un libro de visitas, poner una piedra en una lápida, decorar un muro, perder nuestro dinero al juntar nuestras cosas: alguien sabría que fuimos nosotros y tal vez leería nuestro mensaje, pondría otra piedra en la lápida, levantaría el tornillo que se nos cayó.
 
Y si nos quedamos en el viaje, alguien podría encontrarnos, aunque hayamos dejado sólo migajas en el camino.
 
Toda esta reflexión, parte informalmente de un documento muy formal que llegó recientemente a mis manos y que se denomina Carta de Itinerarios Culturales, elaborada por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS). He aquí un reconocimiento al papel de la movilidad y el intercambio en la naturaleza humana, y a la influencia de la naturaleza misma sobre aquél.
 
La estructura de la carta en mención, intenta esclarecer de la manera más precisa posible, la categorización de un itinerario cultural dentro del patrimonio de la humanidad. El documento especifica objetivos, elementos definitorios, indicadores, tipos, consideraciones para la identificación, autenticidad e integridad, y explica la metodología para establecer que algo es o debe ser considerado un itinerario cultural. La Carta está en internet para quien deseé estudiarla y comentarla. El fin que se persigue es proteger de la destrucción a este tipo de legados humanos con historia, para las generaciones venideras. Rematan con bordado quienes redactaron la carta: "Un itinerario cultural debe ser visto como un símbolo de unión entre los pueblos”.
 
Así es que, a propósito de la globalización, las migraciones, los viajes virtuales en la internet, los viajes astrales y creativos de nuestra mente y espíritu, a pie o con diversos vehículos...les invito queridos lectores y lectoras, a ponderar los aspectos positivos y constructivos de sus viajes, andanzas, nomadismos y vagancias, a documentarse, analizar y compartir las rutas para no destruir almas, respetar la diversidad y valorar el entorno, y finalmente a avisar a alguien si emprenden un viaje peligroso, para que siempre haya un amigo a que les encuentre si se pierden.

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