ANDANZAS ANTROPOLÓGICAS

Discriminación lingüística

Por Ling. Ana Daniela Leyva González*
jueves, 16 de junio de 2016 · 00:00
Sucede hasta en las mejores taquerías

Hace un par de semanas realicé un viaje al De efe, -ahora y antes Ciudad de México-. Fui a comer, con gratísima compañía, a una taquería antidiscriminación. A la entrada del establecimiento había un letrero que me sorprendió porque nunca había leído algo tan claro e incluyente en un solo párrafo y decía así: "En este establecimiento no se discrimina. Ni por origen étnico, nacional, lengua, sexo, género, edad, discapacidad, así como por su condición jurídica, social o económica. También está prohibida la discriminación por apariencia física, condiciones de salud, embarazo, religión, opiniones políticas, académicas o filosóficas, o por estado civil”. Así que al parecer, cualquier persona a la que le gusten los tacos de carnitas (y que tenga dinero para pagarlos) es bienvenida en ese lugar. Como imaginarán, me centraré únicamente en la discriminación lingüística, y dejaré todas las demás para algún valiente que quiera tocarlas, no yo.

 

Aplaudí el letrero y su mención de las lenguas como un factor de discriminación, pero me quedé pensando un poco más y ahora considero que le faltó incluir la discriminación por particularidades lingüísticas -incluyendo aquí un montón de cosas-. Cuando el anuncio señala que no se discrimina por lengua entendemos que no importa que la lengua materna del comensal sea otra que el español, pero no dice nada con respecto a las variedades del español, esas variedades de las que he hablado en otros momentos. Los que hablamos español lo hablamos de distintas maneras, ya sea por el lugar en el que crecimos, o en el que habitamos desde hace más de seis años, o por el nivel educativo o social al que pertenecemos. En mi profesión el lenguaje es visto como una serie de estructuras y funciones que interactúan desde una cultura y sociedad específica para cumplir con el cometido de comunicar, los lingüistas nos fascinamos por los distintos usos de las lenguas, por sus singularidades y diferencias, pero somos también hablantes, y ahí es donde muchas veces me he sorprendido a mí misma cargada de prejuicios lingüísticos –y de todas clases-, algunas veces me salta al oído escuchar palabras como ‘trajistes’ o ‘haiga’ y aunque conozco los motivos del cambio lingüístico no deja de sonar una campana de alarma en mi ser que, a veces, critica a los demás por su forma de hablar. Pero también me asombran los comentarios de muchas personas cuando escuchan hablar español a una persona cuya lengua materna es una lengua indígena.

 

Los famosísimos ‘acentos’ también llenan de prejuicios nuestra mente. Mi prejuicio a este respecto se hizo patente en el período de campañas por la alcaldía de nuestra ciudad en semanas pasadas, y a juzgar por comentarios vertidos en las redes sociales no fui la única; platicando con algunos amigos me descubrí fiscalizando el estilo de habla de uno de los candidatos, pero ¿a qué se debe ese desagrado? ¿Será simplemente que suena distinto y todo lo distinto es amenazante? ¿Qué tanto afectan los prejuicios lingüísticos en nuestras vidas, en nuestros votos, en nuestro trato a los otros? tratemos de responder estas preguntas en nuestra vida cotidiana y tomar conciencia sobre nuestros actos con respecto a las palabras y los acentos de los otros, y disfrutemos los tacos de carnitas en un ambiente incluyente y respetuoso.

*La autora es profesora investigadora del Inah-BC.

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