ANDANZAS ANTROPOLÓGICAS

Reflexión para antes del regreso a clases

Por M.E. Marion G. Vomend Teuscher
jueves, 21 de julio de 2016 · 00:00

Cuando escuchamos la palabra "educación”, a la mayoría  de nosotros nos salta la imagen de salones de clase, pizarrones – pintarrones, un montón de niños o muchachos sentados y una maestra o maestro parado frente al grupo enseñando cosas de acuerdo a un programa oficial. "¡Qué horror!”, y más ahora que hay vacaciones escolares.

 

Pues sí, ésta es la educación formal. Muy compleja, muy politizada. Pero sumamente importante,  porque es y debe ser un factor de identidad y de poder nacional, sin distinciones de ningún tipo como credo o poder adquisitivo. Es muy peligroso si la educación (incluyendo la formal) se "elitiza” de manera manifiesta u oculta, pues regresaríamos al obscurantismo medieval. Algunos grupos así lo desean.

 

La educación no formal también es educación que vale la pena; de igual manera es sumamente compleja ya que en muchos casos requiere ajustarse a los currículos de la educación formal. Eso no es malo; únicamente puede ser más trabajoso. Hablamos de los talleres y materiales que se proporcionan por parte de empresas, organismos civiles o gubernamentales. También podemos hablar de los espacios dedicados a la difusión y comunicación de conocimiento, como por ejemplo, los museos.

 

Más informal es el material que se ofrece en los medios de comunicación masiva. En los espacios virtuales de interacción informal como las páginas de internet por ejemplo, el fluir de la información y del conocimiento es más libre.

En muchos casos, lo que rige la oferta de información y conocimiento son los "lineamientos” del consumo y el mercado, más que los de la educación. Es por ello que las personas requerimos de capacidad discriminatoria para aprovechar de manera sana y útil estos ámbitos de potencial "educación informal”, pues pueden resultar desinformativos y hasta destructivos si son mal administrados.

¿Y cómo se logra eso? ¿Cómo podemos creer en, y querer a, la educación formal? ¿Cómo podemos entender qué ventajas ofrece para los grupos de poder el acceso selectivo al conocimiento de calidad? ¿Cómo podemos la gente común, entender el riesgo de no saber administrar la oferta de información que nos llueve del internet o de la televisión a velocidades de locura?

 

En mi opinión, se requiere de varias cosas: El educarnos en saberes pero también en valores. El entender qué pasa en nuestras mentes, cómo funcionan y en qué trampas pueden caer. El entender las leyes y los lineamientos oficiales, y en qué se basan éstos.  El entender el funcionamiento de los sistemas mercantilistas que son los dominantes ahora, lo queramos o no. Y el entender que quienes mandamos sobre la información y el conocimiento que entra en nuestras mentes, somos nosotros mismos. Ah, y por último: el saber involucrarnos. Uff!! Hay tanto que aprender….

 

Quiero aseverar que todas las ciencias le deben tributo a la educación.  Sin educación no habría ciencia como la hay.

Es por esto que todo científico debe considerar en sus quehaceres no sólo la generación de conocimiento, sino también la generación responsable de maneras de compartir este conocimiento. No se trata nada más de esparcirlo, sino también de emprender diálogos, de bajarse del tren infartante hacia el Sistema Nacional de Investigadores o hacia la acumulación de créditos, para invertir en las generaciones que construirán sobre el conocimiento que él o ella están creando.

 Tienen mi respeto mis compañeros que se inclinan a explicarles a los niños qué es la arqueología, la arquitectura de tierra, la arqueozoología y la antropología, que elaboran materiales educativos y les enseñan a las personas grandes y pequeñas cómo hacer canastas, ollas o adobes.

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