ANDANZAS ANTROPOLÓGICAS

Educación, trabajo y ciclo de vida. El sentido del trabajo en la sociedad industrializada

Por Dra. Enrique Soto Aguirre
jueves, 29 de septiembre de 2016 · 00:00

Cuando hablamos del sentido del trabajo, nos referimos a las construcciones sociales estructuradas con base en una serie de expectativas que los sujetos tienen en general respecto de esta esfera en específico de la vida cotidiana y en específico sobre las actividades laborales desarrolladas. A partir de ello, los individuos apelan a un conjunto de valores, creencias y significados aprehendidos, compartidos y transmitidos en un contexto social específico en un momento histórico determinado.

 

En nuestra época, se observa que los procesos de industrialización han traído al mundo del trabajo una serie de cambios significativos, entre los que se encuentran los derivados del desarrollo tecnológico de los sistemas de producción como la mecanización y la posterior automatización de dichos procesos. Estos avances implican una distancia mayor entre en la relación trabajador-producto final, dicha distancia es producto de la multiplicación de interfaces introducidas en el proceso de producción en donde se reduce el esfuerzo físico del trabajador y se intensifica su papel como controlador de instrumentos; es decir primero se diseñó una máquina a través de la cual se opera la herramienta y con el desarrollo del control numérico, un servomecanismo que a su vez opera la máquina, la era de la robotización excluye al trabajador del lugar donde tiene lugar la transformación de la materia. El papel del ser humano va reduciéndose a la programación, suministro y vigilancia de un proceso cuya finalidad es la aceleración de la productividad con la mayor calidad posible.

 

La literatura especializada explica que lo anterior hizo posible el crecimiento en la escala de producción, que a su vez exigió la apertura de fronteras al trabajo pero también al consumo de la clase trabajadora, homogenizando el gusto en los bienes consumidos y llevando además filosofías del trabajo similares, aunque adaptadas a todas las zonas de producción global.

 

Por otro lado, la globalización de la esfera productiva tiene su correlato en una transformación profunda de todos los ámbitos de la vida tanto a nivel de instituciones como de las relaciones entre los individuos. La continua precarización del trabajo obliga al trabajador a planificar de manera individual ámbitos de su vida cotidiana como la educación y la salud, que antes eran obligaciones contractuales cubiertas por la empresa o el Estado. El resultado de estos cambios es un nuevo trabajador ubicado globalmente, pero asentado localmente, expuesto a una mayor complejización en la construcción de la vida en general y de los aspectos del trabajo en particular.

 

En la actualidad, algunos espacios fabriles sintetizan ese cúmulo de cambios, uniendo tradición con modernidad, alta tecnología y rusticidad, sencillez y complejidad, pobreza y marginación con riqueza. Sin embargo, pese a todos estos cambios el trabajo como una actividad humana, construida sobre las bases de la satisfacción de necesidades, la transformación del entorno y de las condiciones de vida, conserva su esencia.

 El trabajador sigue enfrentando el mundo del trabajo desde su primera etapa de socialización, en la que de una u otra forma entra en contacto con sus primeros referentes: el trabajo como signo de los seres humanos, como signo de la responsabilidad social del individuo y paso obligado a una supuesta independencia. El trabajo como un catalizador de aspiraciones y una fuente posible de allegarse nuevos conocimientos y finalmente, el trabajo como una actividad humana primordial, a partir de la cual se estructura la vida social tanto de los trabajadores como de los individuos que le rodean.

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