LA CARROCA

Palabras y palabrotas

Por Soraya Valencia Mayoral*
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 00:00

Las palabrotas del cardenal Juan Sandoval Íñiguez de nuevo resultaron, más que ofensivas y políticamente incorrectas, una muestra deplorable de la actitud misógina de algunos pastores. Lamentablemente, esas ideas machaconas a lo largo de los siglos han ido construyendo desde el poder (político, económico, religioso) una imagen terrible de la mujer responsable de todos los males de la historia, pero sobre todo de sus propios males. La cacería de brujas, la persecución no ha cesado. Ahora adquiere otras modalidades más o menos evidentes o refinadas, pero a final de cuentas el móvil sigue siendo el miedo y el odio que éste genera, y su expresión, la violencia, ya sea psicológica, emocional, física o verbal. Ya no nos queman, ahora nos secuestran, violan y asesinan. Un elemento fundamental en la configuración histórica de la mujer, -por lo menos en occidente-, como ser débil, y por lo tanto, presa fácil de las fuerzas demoníacas, ha sido la predicación tanto en el mundo protestante como el católico. La palabra viva tiene una fuerza casi mágica. Así que estos, algunos, señores deben tener cuidado con la lengua. Y luego no falta quien, dando al todo el valor de la parte ponga tan terribles palabras en boca de toda la Iglesia. Como dato adicional: todavía sigue en el olvido el primer relato del Génesis en donde se lee en majestuoso plural “Hagamos al ser humano (humanidad) como semejanza nuestra...” y no se dice nada de hombre y mujer ni de la famosa costilla. Esto pertenece al segundo relato de la creación (porque en el mismo libro hay dos relatos de la creación) mucho menos elaborado teológicamente, y que ha servido para fundamentar la dependencia y subordinación de la mujer con respecto al macho y su escaso valor como creatura salida, no de la nada como el varón, sino como un apéndice de éste. Eso es pura ideología. Una afirmación tal da pie para justificar el derecho del macho a la violencia y todavía, como colofón, afirmar “Ella se lo buscó”. Nadie, señor cardenal, ninguna mujer en su sano juicio, sale a la calle a buscar a su asesino.

Y pasando a otras palabras, sueño con que un día lleguen a mi buzón, así como los periodiquitos de los supermercados, las ofertas de la semana de las librerías. Imagine usted “Hoy es martes de Saramago, aproveche nuestras ofertas”. O bien, “En la compra del último libro de Pedro Miguel Lamet llévese gratis cualquiera de los libros marcados con el círculo rojo” o del color que guste. Por supuesto, en la mesa de libros que nadie desea comprar estarían los de Pablo Cohelo y ésos del queso que se robaron, ya sabe usted. Y claro, habría una sección especial para escritores locales. Me dirá algún escrupuloso que la buena literatura no se ofrece como los tomates. Pues debería. Hoy como ayer, leer y leer buenos libros sigue siendo privilegio de pocos.

Palabras de gatos. ¿Por qué será que los gatos, en cuanto ven que uno se pone a trabajar suben al escritorio y se echan sobre la computadora, el libro, el cuaderno? Agustín y su compa se asociaron cuando me entretuve en una llamada telefónica y encontré catorce páginas con números, saltos en blanco y signos de esto y aquello. Después de hacer la debida corrección de estilo consideré que todavía no están listos para publicar. Vale.

*La autora es mujer de letras sacras y profanas
 

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