DÍA DEL SEÑOR

IV Domingo de Cuaresma (Ciclo B)

Por Padre Carlos Poma Henestrosa
domingo, 11 de marzo de 2018 · 00:00

“Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Juan 3, 14-21)

El evangelio de domingo, nos refiere a la crucifixión donde Jesús es levantado. Jesús se compara con la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto. Como esa serpiente sirvió como remedio para salvar a los israelitas de la muerte, Jesús también levantado en la cruz, nos rescata de la muerte.

La alusión a la imagen de la serpiente en el desierto era muy familiar para quienes conocían las sagradas escrituras, como Nicodemo. El libro de los Números, uno de los primeros cinco de la Biblia que en su conjunto componen la “Torá” o Ley divina, narra el episodio que evoca Jesús, cuando Moisés, siguiendo las instrucciones de Dios, colocó la imagen de una serpiente de bronce en el asta de una bandera para que quienes habían sido mordidos por las serpientes del desierto, al mirarla quedaran curados (Núm. 21, 8-9).

Con esta imagen se estaba refiriendo Jesús a lo que sería su sacrificio redentor al morir crucificado, y sus palabras llegan hasta nosotros para que nos dirijamos con una mirada de fe al Señor levantado en la cruz y lo reconozcamos como el único que puede sanarnos de nuestras dolencias espirituales y darnos vida eterna.

La cruz es signo a la vez de padecimiento y de triunfo, de muerte - vida. Por eso, al santiguarnos con este signo que nos identifica como seguidores de Cristo, si lo hacemos a conciencia estamos expresando nuestra fe en el acontecimiento pascual de la muerte y resurrección de Cristo y nos disponemos así a que Él nos comunique su propia vida, que es eterna.

Miremos con fe ese signo de salvación, sepamos descubrir tras las llagas de Cristo crucificado la grandeza de su poder y los fulgores de su divinidad. Imitemos al buen ladrón que, contemplando a Jesús traspasado y vencido, supo descubrir al Rey del Universo y le rogó, quizá entre las burlas de los demás, que se acordara de él cuando llegara a su Reino. La respuesta de Jesús fue inmediata: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Jesús de Nazaret, no es una reliquia que muchos llevan suspendida en el pecho (en forma de cruz) o en cualquier otra parte de su cuerpo. Jesús de Nazaret es la señal visible, el amor de Dios en forma de carne. Es el amor de Dios para que el hombre encuentre un horizonte de alegría, de paz y seguridad en su vida. Quien mira, frente a frente a Jesús, se topa con el amor de Dios.

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero es necesario que cada uno de nosotros dé signos evidentes de querer aceptar la salvación ofrecida por Cristo, Dios no nos salvaría sin la libre aceptación y colaboración nuestra; porque, sería una salvación impuesta: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Que la cruz de Cristo, los acompañe hoy, proteja y bendiga siempre.

cpomah@yahoo.com
 

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