META DEPORTIVA

Un hombre llamado José

sábado, 4 de abril de 2026 · 00:08

Jesús Peralta / Colaborador
Ensenada, B. C.

Fue en un mes de mayo cuando me inicié en el running. Comencé a ir a diario al único campo con pista de tierra de aquel pueblo casi olvidado. Sin importar la hora, siempre encontraba a un señor de unos sesenta años sentado en las gradas; silencioso, con la vista clavada en la pista y vistiendo un pants verde con tenis amarillos ya pasados de moda.
Tras varias vueltas de trote, aquel señor que me observaba me gritó: ‘Chaval, modera tu velocidad; el calor aumenta y estás malgastando energía. Concéntrate en el ritmo y así la ahorrarás’. Le agradecí el consejo, pero él solo respondió con un gruñido. Simplemente, de la nada, soltaba sus lecciones: ‘En tiempos de calor, que tu paso sea tranquilo para no agotarte’. O bien: ‘Corrige el braceo, la mirada siempre al frente. Busca siempre la nuca del que va delante; no te presiones, poco a poco notarás que avanzas’.
Un día le comenté que me preparaba para un medio maratón. Él me respondió: ‘Todas las quejas que escuches sobre la ruta antes de empezar, úsalas a tu favor. Si escuchas a tu cuerpo, podrás controlar los calambres, la sed y el calor. Sé humilde si llegas a ganar. No eres más que los demás, ni tampoco menos; simplemente eres un mortal que alcanzará la cúspide gracias a su esfuerzo. Pero no te olvides de guiar a otros para que lleguen hasta donde tú has llegado’. El último día de entrenamiento se levantó, dio media vuelta y se alejó a paso tranquilo; mientras caminaba, noté que su mano izquierda no dejaba de temblar.
El día de la carrera desperté con sus consejos grabados en la mente. Tras el disparo de salida, me abrí paso entre los élites bajo un sol sofocante que iba rindiendo a los demás corredores. En el kilómetro 15, allí estaba él. Sin aplaudir, solo observándome, gritó con fuerza: ‘Vas muy bien; recuerda los consejos y la carrera será tuya’.
En el kilómetro 18 liderábamos solo tres. Al enfrentar una colina desafiante, recordé su consejo. Coronamos la cima quedando solo dos; mi rival lucía exhausto y desesperado. Al iniciar el descenso, el rugido de la meta me dio el impulso final: mi braceo y mis piernas me exigieron velocidad. Aceleré con todo, viendo cómo la meta se acercaba mientras él se desvanecía a mis espaldas.
Crucé la meta entre el asombro y los gritos de ‘¡tenemos nuevo campeón!’. Mientras los niños me abrazaban y recibía el trofeo, la medalla y el premio, llegaron las preguntas: ‘¿A qué club perteneces? ¿Quién es tu entrenador?’. Solo alcancé a responder: ‘Vengo del pueblo vecino; entreno por mi cuenta bajo la guía de un señor de sesenta años que siempre está sentado en las gradas. Viste pants verde, tenis amarillos pasados de moda y le tiembla la mano izquierda. Es él mi maestro, aunque ni siquiera sé su nombre’.
En un silencio sepulcral, el orador puso su mano en mi hombro: “Eres afortunado. Ese hombre fue el campeón que puso el nombre de nuestro pueblo en lo alto del podio nacional”. Nunca tuvo hijos; tras su triunfo, se sentaba en esas gradas esperando la noticia de una paternidad que le permitiera heredar su legado. Pero era estéril. Siguió allí, sentado, esperando a alguien en quien confiar su historia hasta que el cronómetro detuvo su tiempo. Aquel hombre se llamaba José.
 

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