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RAICES

Reflexiones de un “extremista” La belleza de la bahía que nos distingue en el Estado no ha sido apreciada por los ensenadenses; además, cada día se pierden más espacios naturales vendidos por el Estado
sábado, 29 de agosto de 2020 · 00:49

Carlos Lazcano/COLABORACIÓN*
carloslascano@hotmail.com | Ensenada, B. C.

Mi amor por esta tierra, Ensenada, inció antes de nacer, cuando vivía en el vientre de mi madre. Desde ahí adentro percibía el olor y rumor del mar, el graznido de las gaviotas y los pelícanos. No fue un amor a primera vista, ya que aunque percibía, no podía ver la tierra ni el mar. Más bien fue un amor nacido de las sensaciones que me llegaban.

Nací cerca del mar, viví también muy cerca de él, por lo que con frecuencia iba con mis hermanos a jugar entre las piedras, bañarnos y a pescar. Fueron días felices en que la costa era toda para nosotros y para cualquier persona que quisiera disfrutar del océano. Hoy esto no es tan fácil, pero seguimos teniendo frente a nosotros nuestra hermosa bahía, llena de vida y de sitios bellos, en donde la naturaleza llega a parecernos mágica por tanta riqueza que nos presenta.

Nuestra bahía siempre me ha inspirado, lo sigue haciendo. Todos los días camino frente a ella siguiendo algunas rutas y veredas que aun no han sido alcanzadas por el “desarrollo”. En ella predominan los tonos grises. Estos tonos, junto con el azul del mar presentan una estética muy agradable, la que disfruto mucho. Pasado el invierno llegarán los días en que las flores empezarán a surgir, entonces los parajes naturales alrededor de la bahía adquirirán su máximo esplendor. Es decir, la naturaleza se prepara para recibir a la primavera.

Así como nos fascinamos por la temporada de las ballenas, deberíamos igualmente disfrutar del invierno, temporada de frío en que la naturaleza se prepara para renovarse y aquí, en nuestros alrededores, podemos observarlo. Yo lo veo gracias a mis caminatas diarias, las que no solo me ayudan a mantenerme sano y fortalecido, sino también me dan paz espiritual y me ayudan a reflexionar.

Belleza desaprovechada
La belleza de nuestra bahía, sin lugar a dudas nos distingue en el Estado. Sin embargo, siento que los ensenadenses, en general, no hemos sabido aprovechar todo lo que representa, y el potencial que tiene. A excepción de unos pocos sectores, durante muchos años los ensenadenses hemos vivido como si no tuviéramos una bahía.

Esto aparentemente ha empezado a cambiar, gracias a la apertura de espacios costeros a los que antes era difícil acceder, como la playa municipal. Y digo aparentemente porque por desgracia la playa municipal, en lugar de ser un espacio amable para disfrutar de un sitio natural, se ha convertido en un circo, en una cantina, en un paraje en donde lo menos que interesa es la conservación de la playa. Olvídense de una mínima educación ambiental, o algo que motive a los ensenadenses a respetar este lugar. Al contrario, se enseña a agredirlo.

Precisamente por mis caminatas me doy cuenta cómo seguimos perdiendo espacios públicos en nuestras costas. No hace mucho podía caminar junto al mar por todo el tramo costero entre Playitas y el mirador Fernando Consag, pero hoy, ya casi para llegar al mencionado mirador, pusieron varias casas que ocupan la Zona Federal Marítimo Terrestre. Se siguen otorgando concesiones que transforman espacios públicos en privados, negándosele a la ciudadanía el derecho al disfrute de esos espacios. Las autoridades ni se molestan en preguntarle a la gente si está de acuerdo con tales concesiones, ya que manejan dichos espacios públicos como si fueran de ellos.

Y siguen los golpes. Como si nos sobraran áreas verdes y regiones agrícolas, el ayuntamiento facilitando la destrucción del Valle de Guadalupe permitiendo que en él aparezcan “desarrollos” inmobiliarios que nada tiene que ver con la vocación natural de la zona, pero si con el dinero fácil.

El Cañón de Doña Petra sigue siendo un basurero para muchos ensenadenses y para las autoridades un foco de aguas contaminadas donde cada día hay menos árboles y lo que queda es solo la sombra de lo que fue.

Y preparémonos, ya tenemos encima la ley que permitirá que los extranjeros compren la costa; entonces sí nos será negado todo acceso al mar y al océano que antes eran nuestros, pero hoy, por la magia de la globalización ya no nos pertenece.

Resulta increíble que nuestras autoridades no hagan el mínimo esfuerzo por equilibrar el desarrollo y crecimiento sano, con el respeto a las regiones naturales que tenemos en la bahía. En otros países vemos claramente que esto sí se logra si es que hay voluntad. Pero entre nosotros prevalecen los negocios y las autorizaciones en lo “oscurito”.

En las últimas décadas, a partir del arribo de las políticas neoliberales, hemos transitado de un Estado paternalista al Estado como negocio; esto es, el Estado en sí se convirtió en un negocio. El país, los estados, los municipios, las delegaciones, tienen dueños: los políticos y las oligarquías que giran a su alrededor y viceversa. Y por otra parte, la ciudadanía -por muchas razones que no es momento explicar- hemos transitado de la participación, al desencanto, a la desesperanza, a la indiferencia, y quizá lo más grave: a la indignidad. Nos hemos convertido en ciudadanos indignos. Y esto lo saben muy bien los dueños del país. Saben que los mexicanos somos unos esclavos satisfechos.

Disfrutemos lo que aún nos queda, amemos esta tierra y defendámosla de tantas agresiones. Nuestro mar, nuestra bahía sigue siendo hermosa y es única en el mundo.
 

 

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