Raíces

Los misioneros, fundadores de las Californias

A pesar de las críticas por parte de los indigenistas, los misioneros tuvieron una postura alejada de la codicia y el sometimiento. Vinieron a América por convicción personal religiosa y humana, para construir un mundo nuevo basado en los valores y principios del cristianismo. Su trabajo y defensa de los indígenas de ayer, dieron vida a los derechos humanos e internacionales que conocemos, hoy día
sábado, 23 de marzo de 2019 · 00:00

CARLOS LAZCANO SAHAGÚN/COLABORACIÓN

clazcano@elvigia.net | Ensenada, B. C.

Una de las maneras en que los españoles pretendieron controlar a los indios del noroeste y asimilarlos a la Nueva España, fue a través de civilizarlos y evangelizarlos. Fue así que llegaron los misioneros, quienes con bases cristianas y humanas intentaron transformar las realidades de los indios en algo más amable.

En este proceso, los misioneros se convirtieron en parte importante de los fundadores del norte de México, y en especial de la península de Baja California.

Aunque muchos españoles querían este sometimiento de los indios a través de las misiones, con el fin de convertirlos en mano de obra barata para sus minas, pueblos y haciendas, no era este el objetivo de los misioneros, quienes traían su propia agenda, y muchos de ellos se convirtieron en sus defensores, llegando incluso a enfrentarse a todo tipo de autoridades, incluyendo a las religiosas.

Al fundar las misiones muchos misioneros pretendían ofrecerle a los indios mejores formas de vida a las que llevaban, sobre todo más humanas. También querían que vivieran en armonía, tanto entre ellos como con los españoles, amándose y respetándose como hijos de Dios que eran.

Sin embargo, fue la avaricia extrema de muchos españoles que en buena parte malogró esto, así como la resistencia de muchos grupos indígenas a cambiar sus formas de vida tradicionales.

 

MÁS QUE PIEZAS DE AJEDREZ

No pocos historiadores presentan a los misioneros como piezas de un ajedrez político-económico, al cual se prestaban como parte del grupo conquistador sobre los nativos del norte de la Nueva España. Como si su objetivo fuera ese, no importando los valores y principios que trajeran.

Al profundizar en la vida de no pocos misioneros del noroeste de México me quedé perplejo. Muchos de ellos, principalmente jesuitas, habían venido de diversas regiones, no solo de España, sino de toda Europa. Varios de ellos pertenecían a la nobleza de sus países de origen, otros habían sido importantes maestros que impartían cátedras en las mejores universidades de Europa. Casi todos venían de familias ricas y adineradas y se desenvolvían en un medio intelectual de gran nivel.

Y a todo esto renunciaron por venir de misioneros a América, a regiones que en aquellos años representaban los confines del mundo, especialmente el norte de la Nueva España. Además, al misionar en las Indias, abandonaban para siempre a su patria y a su familia, y se iban a vivir a un mundo donde les aguardaba mucha soledad y duros trabajos.

Precisamente por estos testimonios es que dudé que los misioneros se prestaran para ser simples piezas del ajedrez geopolítico del rey de España.

¿Por qué hicieron todo esto los misioneros? ¿Por qué abandonaron todo para exiliarse en los confines geográficos de su tiempo? ¿Cuáles fueron sus motivos, las razones profundamente personales que los llevaron a entregarse a la obra misional? ¿Ser fichas del rey? ¿Consolidar el sistema colonial, profundamente injusto? No lo creo.

Para entenderlo, creo que primero hay que considerar que cuando Colón se encontró con América, la penetración y conquista armada de todo el continente por parte de Europa fue algo inevitable, una consecuencia de ese tiempo que llegó casi de inmediato.

Los primeros años de conquista fueron brutales, y el único sector español que se opuso fue esa parte de la Iglesia Católica formada por los misioneros. Y se opusieron con mucha fuerza y autoridad moral a la esclavización de los indios y la destrucción de su civilización, al grado que con ellos nacieron lo que hoy llamamos los derechos humanos y el derecho internacional.

El más destacado ejemplo lo tenemos con Bartolomé de las Casas, quien se convirtió en la conciencia crítica de la España conquistadora de ese tiempo. Esta fue la primera vez en la historia de la humanidad en que un sector importante del país conquistador cuestionaba la conquista y se ponía del lado de los conquistados. Los pueblos conquistadores, tanto europeos, asiáticos, africanos como americanos jamás cuestionaban sus conquistas. Hasta la fecha.

 

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Como era inevitable la conquista de América, principalmente violenta, fueron los misioneros la otra cara de la moneda. Ellos llegaron atrás de los conquistadores para evitar a toda costa la fuerza de las armas y suavizar, hasta donde fuera posible, el encontronazo entre Europa y las Indias Occidentales.

Los misioneros fueron los primeros pacifistas de América. Sabían que si ellos no buscaban los encuentros pacíficos, nadie más lo haría, ya que una gran mayoría de los conquistadores y colonizadores se dejaba llevar por la ambición desatada. Ambición por el oro y las riquezas.

Pero los misioneros no ambicionaban oro, ni poder, ni tesoros. Ellos ambicionaban ganar a los indios para la causa divina, veían en los indios a seres humanos en toda su dignidad de hijos de Dios, y así los defendieron. Lucharon porque la sociedad novohispana les diera ese lugar, no el de esclavos que otros pretendían darles. Buscaban un equilibrio justo para todos. Por eso los misioneros fueron los primeros humanistas de nuestro continente.

La motivación que inspiró y sostuvo a los misioneros fue, sin lugar a dudas, su enorme fe en Jesucristo y la transmisión de su mensaje, darlo a conocer entre los “gentiles”, aun a riesgo de su propia vida y sin importar los trabajos que tuvieran que pasar. Creían profundamente en ese mensaje y su trascendencia. Y no solo creían en él, estaban comprometidos con él.

Llegar a esto supone una vocación, y el ser misionero era eso, una vocación. No cualquiera se iba de misionero y no a cualquiera se aceptaba para este trabajo. Se le consideraba un don de Dios y los misioneros sentían que de esta manera daban respuesta a una llamada de Dios.

Con frecuencia se asocia al misionero con el conquistador, los reyes, los emperadores de su tiempo y sus intereses, a veces no muy santos.

Para nosotros, los habitantes del siglo XXI, con justa razón nos parece incomprensible e inaceptable esta relación abierta y diaria entre cruz y espada, progreso y reducción, civilización y sumisión. En los siglos que trabajaron los misioneros los derechos humanos aún no existían y todos los súbditos de un rey tenían que profesar la religión de éste. No se discutía. Los misioneros lo sabían y aceptaban.

Pero a pesar de eso, e incluso aunque llegaran a depender económicamente de los poderosos, siempre buscaron vivir de acuerdo al espíritu del Evangelio de Jesucristo. La entrega radical de muchos misioneros nos da testimonio de esto. Amaban a sus indios y buscaban lo mejor para ellos, tanto en lo espiritual como en lo material. Sería muy difícil pensar en otras intenciones.

 

DEFENSORES POR AMOR

Sin embargo, hay que tener en cuenta que cuando los misioneros se ponían del lado de los indios era sólo para defenderlos contra la explotación física y económica a la que se les sometía, consideraban que la obediencia al Rey de España y a Dios era cosa natural y para cumplir esto los militares apoyaban a los misioneros en las zonas fronterizas.

En este sentido, las opiniones de los jesuitas (aún de los más objetivos) eran temporal y socialmente condicionadas y limitadas por la época. También hay que aclarar que no todos los misioneros tuvieron la mística humana hacia los indios. Hubo una minoría que dieron un mal testimonio de su vocación. Eso ocurre en todos los grupos humanos y los misioneros no fueron la excepción.

En esencia los misioneros pidieron venir a estas tierras, aun ignotas y en formación, por amor, solo por amor. Y el amor incluye también una buena dosis de aventura y ventura, correr riesgos inimaginables, soportar jovialmente tribulaciones y adversidades hasta el heroísmo, ser llamado loco y hacer locuras según los hombres cuerdos.

Muchos misioneros, incluidos los de Baja California, llamados y ayudados por el amor de Dios y el amor al prójimo tuvieron la motivación suprema para cruzar océanos, explorar caminos, fundar regiones, trazar cartografías, describir costumbres y tradiciones, explorar para encontrar sitios para sus misiones, levantar caminos, traer la agricultura y la ganadería, levantar templos como si fueran grandes arquitectos, hacer presas y acequias, evangelizar y enseñar a los indios otra cultura e idioma, ellos mismos aprender otras lenguas y hacerse lingüistas y etnógrafos, establecer pueblos, hacerla de médicos, consolar en las tristezas, solidarizarse con sus indios y defenderlos cuando y cuanto fuera necesario, traer la civilización occidental a donde tenían que ir.

En fin, su pedagogía para ganarse a los indios fue la pedagogía del amor hasta la muerte. Para ellos los indios llegaron a ser como sus hijos.

 

¿QUIÉN DA TODO POR LOS INDIOS?

En nuestros días hay numerosos críticos a la labor de los misioneros; sin embargo, los indigenistas de hoy y los defensores de los indios de hoy, se encuentran muy lejos de las posturas de los misioneros.

Ninguno de estos supuestos “defensores” conoce las lenguas de los indios, como sí la conocían los misioneros. Ninguno se va a vivir con los indios, como si lo hacían los misioneros. Ninguno deja a su familia, su tierra, su patria, o renuncia a cátedras y academias, para ir a ser parte de las comunidades indias, como si lo hicieron los misioneros. Ninguno conoce a los indios con esa profundidad con que los conocían los misioneros, y a ninguno de ellos aman los indios como llegaron estos a amar a sus misioneros. Y, lo más importante, ninguno da su vida por los indios, como si lo hicieron no pocos misioneros.

Los misioneros nunca vinieron a América para ser fichas del ajedrez político. Llegaron aquí como parte de una convicción personal religiosa y humana. Sabían que con su labor estaban construyendo un mundo nuevo, estaban fundando y transformando regiones nuevas. Querían sembrar estas nuevas provincias que fundaban con los valores y principios del cristianismo, que para ellos lo eran todo, y era lo que marcaba el sentido de sus vidas.

Si no hubieran creído en esto nunca se les hubiera visto por acá. Y lo hacían por amor, por amor al ideal de Jesús y por amor a la humanidad, representada en este caso por sus indios.


 

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